CUENTO NAVIDEÑO

Se acerca la Navidad. Fiestas entrañables en las que, por lo general, afloran en nuestros corazones sentimientos de bondad que, generalmente, no poseemos durante el resto del año; son días en los que nuestro espíritu, de por sí materialista, parece querer elevarse sobre lo terrenal y asentarse únicamente en lo espiritual; se diría que, por alguna desconocida razón, queremos ser mejores, más humanos; son días en los cuales, aquellos que ya hemos celebrado muchas Navidades y que en el transcurrir de los años hemos perdidos a muchos de nuestros seres queridos, nos invade un sentimiento de tristeza al recordarlos, sin duda alguna, con mayor intensidad que el resto del año y, cada Navidad que transcurre, ese sentimiento se acentúa aún más; son fiestas que nos trasladan en el tiempo hacia épocas de nuestra niñez cuando, con alegría y gran alborozo, las celebrábamos en compañía de nuestros padres y hermanos; son días en los que nos invade la nostalgia al recordar la celebración de aquellas Navidades que irradiaban alegría en el corazón de los niños, porque para todos los niños estas fiestas eran y siguen siendo una inmensa alegría.

Bueno, he dicho para todos los niños, pero debo rectificarme; porque, lamentablemente, no es para todos, puesto que son muchos más los que, por desgracia, no pueden disfrutar de esa alegría; para ejemplo, la historia de una niña llamada Cristina:

Cristina, cuando aún era un bebé, perdió a sus padres en un accidente de tráfico. Desde entonces vivía con su abuela, por ser la única familia que le quedaba. Como no había conocido a sus padres, su abuela, además de abuela, era madre y padre, todo a la vez. Al amparo de su abuela, Cristina fue creciendo y haciéndose una niña encantadora. Adoraba a su abuelita de la que nunca se separaba. En aquella casa todo era bienestar y felicidad, pero, como todo en la vida, nada hay eterno y, menos aún, la felicidad; apenas si Cristina contaba seis años, cuando su abuelita enfermó de gravedad, siendo necesario ingresarla en un hospital; en la ciudad, lejos del pueblo en que vivian, ya que en aquel pueblo, eclavado en la falda de la montaña, no había hospital. Como no tenían otra familia que pudiera hacerse cargo de la niña, las autoridades tomaron la determinación de ingresar a Cristina en un hospicio; un viejo caserón situado a diez kilómetros del pueblo, reformado y habilitado para tal menester. Enclavado en un alejado y descampado paraje, era muy difícil que alguno de los niños pudiera escaparse. A cristina le dijeron que cuando su abuelita recobrara la salud la llevarían nuevamente con ella, pero desgraciadamente, como los médicos habían pronosticado, a las pocas semanas de su ingreso, la abuela falleció. Nadie comunicó a la niña el fallecimiento de su abuela, a pesar de que no transcurría un sólo día sin que Cristina no preguntara a alguna de las monjas que regían el hospicio, qué cuándo iban a llevarla con su abuelita. Las Monjas, para no entristecerla más, pensaron que sería mejor esperar a que fuera algo mayor para comunicarle el fallecimiento de su abuela, así que cada día, cuando la niña les preguntaba, siempre le respondían que muy pronto, que cuando la abuela se curara la llevarían con ella.

Cristina, todas las noches, al acostarse, rezaba para que su abuelita se curara y viniera pronto a buscarla. Las monjas se portaban muy bien con ella y, además, allí había más niños de su edad, pero su único pensamiento, a todas horas, era para su abuelita. Apenas si comía, la tristeza la invadía, su cuerpo se debilitaba más y más. A pesar de la insistencia, por parte de las monjas, para que jugara con otros niños, a ella le resultaba imposible pensar en otra cosa que no fuera ir con su abuelita. Pasados unos pocos meses, cuando se acercaba la Navidad, las monjas, como cada año, pusieron un bonito belén y un árbol de Navidad, adornándolo con muchas lucecitas de colores; colocaron también guirnaldas en puertas y ventanas, creando un verdadero ambiente navideño, pero todo aquello, lejos de alegrarle, acrecentó en Cristina un sentimiento de tristeza y un enorme deseo de ir a reunirse con su abuelita, pues el belén y el árbol traían a su memoria las últimas Navidades vividas en su casa; recordándolo, se preguntaba cómo pasaría su abuela unas navidades sin nadie a su lado; pensamiento que la entristecía aún más. El día de Noche Buena, al atardecer, cuando el día empezaba a dar paso a la noche, se asomó a la ventana de su habitación; estaba nevando copiosamente y el suelo del patio estaba cubierto de nieve con un espesor considerable. Pensó que su abuelita estaría sentada frente a la chimenea del salón; que estaría sentada en su mecedora, contemplando el chispear del fuego en la chimenea. También habría puesto el belén de otros años y, sin duda, también el árbol de Navidad alegraría la estancia con sus luces y adornos, al pie del cual, como cada año, Papá Noel le dejaría algún regalo. A Papá Noel ella no le pedía nada; le traería lo que él tuviera a bien; ella a quien escribía era a los Reyes Magos. Para este año había pensado pedirles unos patines para patinar sobre hielo, pero al no estar en casa no había podido escribirles, así que, este año no le traerán nada, pero eso no importaba.

Contemplando la nieve, una idea revoloteaba en su cabecita: le pediría a las monjas que la dejaran pasar las Navidades con su abuelita y, cuando pasaran las fiestas, ella, voluntariamente, volvería la hospicio hasta que su abuela estuviera totalmente recuperada. Decidida estaba a preguntárselo, pero luego pensó que si se lo pedia, con toda seguridad, le dirían que no podía ser. No -se dijo-, lo mejor será no decir nada y escaparme, pero cómo hacerlo, la puerta del patio, al igual que la del edificio, estaba siempre cerrada. En estos pensamientos estaba cuando ¡Oh! Las puertas del patio se abrieron dando paso a una furgoneta que, como cada semana, venía a traer víveres. No se lo pensó más, se deslizó sigilosamente por la escalera hasta llegar a la planta baja; en el pasillo que daba al patio, justo antes de llegar a la puerta principal del edificio, se cruzó con el mozo de la furgoneta que llevaba una gran caja al hombro y que era quien había dejado abiertas las puertas del edificio y la del patio.

Cuando traspasó la puerta del patio y empezó a correr, lo más rápido que la nieve se lo permitía, se percató de que el calzado que llevaba puesto, unos zapatos finos, no era lo más adecuado para andar sobre la nieve; tampoco había cogido una prenda de abrigo y ni tan siquiera había tenido la precaución de coger un gorro para proteger su cabeza; afortunadamente, su espesa y rizada cabellera, en un primer momento, hasta que estuviera completamente mojada, le serviría de protección. Cando salió a la carretera se encontró con un paraje deshabitado y totalmente desconocido; ignoraba a que distancia del pueblo estaba el hospicio.  Cuando llevaba recorridos dos o tres kilómetros, ya con noche cerrada, sintió que el miedo se apoderaba de ella, a pesar de que con la claridad de la nieve se distinguía perfectamente la carretera, ella veía sombras raras por todas partes. Seguía nevando intensamente, las manos se le habían entumecido y los pies, completamente mojados, le dolían horrorosamente a causa del frío; la senda por la que caminaba, poco a poco, iba cubriéndose de nieve, lo que hacía que sus piernas se hundieran hasta la rodilla, pero a pesar de ello estaba dispuesta a seguir. El pensamiento de su abuelita sentada ante la chimenea le daba fuerzas para no desfallecer. De pronto, el corazón le dio un vuelco: alguien o algo la estaba siguiendo; se detuvo, y al mirar hacia atrás se tranquilizó; quien la seguía no era otro que un pequeño perrito -un yorkshire- que, cojeando y moviendo la cola, la miraba con ojos tristes. Lo cogió en brazos y mientras acariciaba su nevada cabeza, como si el perro pudiera comprenderla, le preguntaba: -¿Y a ti qué te ocurre, también te has escapado de casa?- No -pensó-, seguro que no, porque no llevas collar; lo más probable es que te hayan abandonado, pero no te preocupes, yo te llevaré conmigo; iremos con mi abuelita, ella te curará la pata, y allí, sentados al lado de la chimenea, nos secaremos y nos calentaremos.

Transcurrido un tiempo que a ella le parecía interminable, allá, a lo lejos, las primeras luces del pueblo empezaban a vislumbrarse, pero a ella se le antojaban muy lejos aún. La nieve seguía arreciando y cada minuto que transcurría, el caminar le resultaba más difícil; el nivel de la nieve había subido, ya no sentía las manos y sus piernas se negaban a continuar; de pronto, a poca distancia, al doblar una curva, al lado de la carretera, como un fantasma, apareció una vieja casa abandonada. Al lado de la casa había un tendejón donde, otrora, los labradores guardaban el carro y demás aperos de labranza. El tendejón, aunque con la mitad del tejado derrumbado y la otra mitad a punto de hundirse, a causa de la nieve que estaba soportando, momentáneamente, podría servir de cobijo para descansar unos minutos; al menos allí no nevaba -pensó-. Vamos, dijo al perrito, descansaremos unos minutos; no muchos, pues temía que las monjas la hubieran echado en falta y que estuvieran buscándola. Entró en el tendejón, se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared y abrazó al perrito contra su pecho, tratando de darse calor mutuamente.      

 Al poco, la nieve empezaba a remitir y las nubes se iban disipando. Pasados unos minutos, en el cielo aparecieron millares de fulgurantes estrellas. Cristina las veía parpadear semejando un enorme árbol de Navidad. Tenía mucho sueño, muchísimo sueño; sus ojos, a pesar de los ímprobos esfuerzos que hacía por mantenerlos abiertos, se cerraban poco a poco; sus párpados pesaban como el plomo; todos sus músculos estaban adormecidos, ya no sentía sus manos ni sus piernas y ya no podía mover un solo músculos de su diminuto cuerpo. Pasados unos minutos sus ojos se cerraron por completo. De pronto, desde una de las estrellas, desde la que más relucía, un potente haz de luz se proyectó sobre el tendejón; allí, envuelta en la luz, mostrando una enternecedora sonrisa y extendiendo los brazos para abrazarla, estaba su querida abuelita. -¡Oh, abuelita! -exclamó henchida de gozo, qué bien, has venido a buscarme. En los brazos de su abuelita ya no sentía frío ni le dolían las extremidades, y la sensación de bienestar era inmensa. Abrazándose con ternura al cuello de su abuela, le decía: no me dejes nunca más; te quiero mucho abuelita. Vamos a casa a sentarnos junto a la chimenea y a celebrar la Noche Buena.

A la mañana siguiente, cuando apenas si se habían disipado las sombras de la noche y la claridad de la nieve daba paso a un nuevo día; día de Navidad, las campanas de la iglesia del pueblo doblaban tocando a gloria. El párroco de la iglesia, que sabía que aquellas campanas llevaban varios años enmudecidas a causa de una avería, que por carecer de presupuesto no habían podido ser arregladas, arrodillándose ante lo que consideraba un milagro, se preguntaba si el niño Dios habría vuelto a nacer.

Horas más tarde, las monjas que, percatadas de la falta de Cristina, habían salido a buscarla, allí la encontraron, bajo el tendejón, congelada, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y abrazada al perrito que había sido su compañero de fuga. De que su sufrimiento había terminado para siempre, daba fe la sonrisa de felicidad reflejada en su angelical rostro.

                                               FIN

FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO 2020

14 thoughts on “CUENTO NAVIDEÑO

  1. Amigo Piorno, emocionas a uno con tus cuentos de Navidad. Realmente, los que ya vamos teniendo años, añoramos otras Navidades cuando éramos niños llenos de ilusiones. Aquellas reuniones al calor de la cocina de carbón cenando lo que hubiera, acaso un pollo criado en el corral, tal vez un dulce de postre o el mazapán hecho por la madre o la abuela, más tarde una partida de cartas o cantando algún villancico.
    No sabíamos de la existencia de un barbudo vestido de rojo, o quizás lo habíamos visto en algún anuncio, que, años más tarde nos enteraríamos, llevaba regalos a los niños de otros países. Para nosotros la ilusión de oa Navidad continuaba esperando la llegada de los Reyes Magos, que si serían magos que entraban en las casas sin abrir puertas ni ventanas y nos dejaban alguna chuchería, algún regalillo o algo de ropa y, si había suerte, algún juguete. Y estábamos convencidos de su magía porque en el mismo instante estaban en Villager o San Miguel o Rabanal repartiendo alegría.
    Éramos felices con poco, sin las necesidades que nos fue creando la televisión muchos años después.
    En fin, un abrazo muy fuerte y FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO a ti y a tu familia.

  2. Amigo Pucelania, Gracias por tus buenos deseos. Has descrito perfectamente cómo eran las navidades de nuestra infancia en nuestro querido Villager. Lo de los Reyes Magos de entonces, como tú bien dices, menos cuando no llegaban a causa de la nieve -era lo que decían en mi casa-, lo que nos traían no era gran cosa -nada comparado con lo que les traen a los niños ahora-, pero aún así, estábamos deseando que llegara la mañana para levantarnos y correr hacia donde habíamos dejado la zapatilla, y comprobar qué nos habían traído. Eso nos demuestra que para ser felices no es necesario nadar en la abundancia. Yo diría que, quizá, lo contrario.

    Un abrazo

    Un abrazo

  3. Muy dulce y bonito tu cuento de Navidad, con esas pinceladas de ternura que siempre sabes dar a todos tus relatos. Una de mis nietas más pequeñas se llama Cristina, y también como la Cristina del cuento tiene, tenemos, una relación muy especial. Gracias a Dios ella tiene a sus padres para protegerla y darle todo el cariño, pero el de los abuelos también tiene una parte muy importante en su vida como en la de todos los niños. La Cristina del cuento, pobrecita niña, no es tan afortunada y solo tenía a su abuelita para darle cariño y protección-Cuando ocurrió la enfermedad de su abuela ella solo pensaba en estar con ella, y con mucho valor y sin pensar en otra cosa que en estar a su lado emprendió su búsqueda sin importarle ni la nieve ni el frío, solo pensando en encontrarse con la única persona que la arropaba y la quería. Y de alguna manera lo consiguió. Su abuela bajó a su encuentro y se la llevó a su lado, y allí, en un lugar dónde no existe ni el frío, ni el dolor, ya no volverían a separarse jamás.

    Piorno estoy de acuerdo con Pucelaciana. Con todos tus cuentos, sobre todos los de Navidad, nos llevas a vivir algo de lo que representa el espíritu de estas fiestas y a valorar todo lo que tenemos y sobre todo a pensar en la suerte de disfrutar de la familia que es el mejor regalo.

    Un abrazo,
    Guaja

  4. Guaja, gracias por tus siempre profundos y sensibles comentarios. Tienes mucha razón al decir lo afortunados que algunos somos por tener una familia. El cuento ha querido ser -no sé si lo ha conseguido- un recuerdo para los miles de niños que, de una u otra manera sufren las tremendas injusticias y corren la misma suerte que la Cristina del cuento. Cuando pienso en esos niños que, especialmente en estos días, no tienen nada ni a nadie, siento deseos de revelarme contra el mundo o, cuando menos, contra aquellos que podrían evitarlo y, por un descorazonado materialismo no lo hacen; ni siquiera lo intentan.
    Un abrazo
    Piorno

  5. Cuando en vez de pluma, lápiz o teclas de ordenador, se escribe con el corazón en la mano como es el caso de tu cuento navideño querido Piorno, los sentidos de las palabras te sobrecogen y sitúan en la absoluta realidad de la vida.
    No importa si Cristina ha existido o forma parte de tu fantasía, lo cierto es que existen muchas Cristinas en este mundo carentes de todo afecto y cariño, cuyo desamparo debiera hacernos recapacitar y no solamente en estos tan señalados días.
    Si nuestro amor no es capaz de volver a la vida a esa congelada niña y su compañero de fuga, habremos fracasado como seres humanos.
    Gracias por tan sensible y bello relato amigo Piorno.
    Felices días navideños para ti y todos los lectores de tu Blog.

  6. Amigo Nano,
    Gracias por tus bonitas palabras. En todos tus comentarios afloran, aunque tú no lo pretendas, tus dos almas literarias: la del poeta y la del filósofo. Es un placer leer tus comentarios, y no lo digo por cuanto a mis relatos pueda concernir, sino por la sensibilidad y hermosa prosa con que escribes.

    Un abrazo

  7. Hola Piorno!!! Precioso tu cuento como todos tus relatos…. Me sorprendes con tanta imaginación. Eres muy creativo!!!! Me gustó mucho tu cuento!!! Cuantas veces estamos inmersos en otra realidad vemos los niños felices de nuestra familia y no vemos a nuestro alrededor a cuantos niños les faltan tantas cosas, ser amados, sanos, que puedan tener un juguete, tener un dulce o un buen plato de comida….y tantas cosas más…Todo el año debe ser navidad!!!! Seamos solidarios es una meta para este nuevo año que se está por iniciar muy pronto…recordaré esta lección no todos los niños son felices….
    Feliz año Piorno!!!
    Un abrazo grande de Enrique y míos

  8. Hola Tere,
    Me alegra enormemente tener noticias vuestras. Hace un par de días me llamó Lolo para decirme que le habías telefoneado y que le habías pedido que me diera recuerdos vuestros. No puedes imaginarte la alegría que me causó. Yo, de vez en cuando, entro en el Facebook -sinceramente, no la hago a menudo- y veo las acuarelas que cuelga Mercedes y también tus óleos, que cada día son mejores. Las acuarelas de Mercedes son inmejorables, preciosas y una delicia para la vista.
    Aunque nos separa una gran distancia, os recuerdo frecuentemente y, por si me olvidara, la acuarela de Mercedes, que tengo colgada en mi despacho, frente al ordenador, se encarga de recordármelo.
    Para el próximo año os deseo lo mejor; sobre todo y por este orden, salud, felicidad y bienestar. en otro orden de cosas, espero volver a veros algún día.
    Un fuerte abrazo para toda la familia.

  9. Gracias Piorno!!!! El mismo día te llamamos para saludarte pero no entró la llamada….volveremos a intentarlo. Quizás cambiaste el número del movil. Un abrazo grande para vos y toda tu familia. Un muy Feliz año!!!!

  10. Hola Piorno!!!!nosotros tambien siempre los tenemos presentes los recordamos con mucho cariño y deseamos volver a encontrarnos. Es mucha la distancia, es para pensarlo…Pero quien dice que alguien nos quisiera acompañar, ahí si todo sería mas fácil.
    Las acuarelas de Mercedes son muy transparentes y límpidas a mi me encantan…que va a decir la madre ja ja ja !!!!

  11. Hola Maria Teresa, efectivamente, he cambiado de móvil. Supongo que tú tendrás el que tenía en la empresa, que terminaba en 055. Cuando me jubilé definitivamente, que fue hoy hace 2 años, dejé el móvil de empresa y adquirí uno propio. El número es: 601 462 973.
    Feliz Año 2020.

  12. Hola Piorno!!!! Si el número de teléfono que tenía era el anterior….en cualquier momento te llamo. Gracias !!!!!!

  13. Amigo Piorno:
    La Navidad, tradicionalmente, se empieza a vislumbrar cuando en nuestras casas decidimos colocar el Belén, el árbol o ambas cosas y, en estos postreros años, cuando tu “cuento navideño” llega a nuestro ordenador, a través de tu Blog. Antiguamente, en Villager, comenzábamos a mostrar espíritu navideño cuando el turrón, los polvorones y la sidra “El Gaitero” se asomaba al escaparate de La Cantina. Hoy día, el turrón y las demás exquisiteces las colocan en tiendas en octubre, por lo que en este sentido se ha tergiversado su espíritu en aras del mercadeo.
    El Cuento de Navidad que has escrito para esta ocasión, además de su belleza literaria, nos hace reflexionar sobre uno de los sentimientos más comunes hoy, que sin duda es la soledad. Aunque en esta ocasión no hace referencia a la de los ancianos sino a la de una niña.
    Deseo que tú y tu familia disfrutéis de un feliz año nuevo. Este deseo lo hago extensivo a todas las personas que siguen tu Blog.
    Recibe un epistolar abrazo, que espero poder refrendar personalmente muy pronto.

  14. Amigo Teofichu,
    Gracias por tus buenos deseos; deseos que hago extensibles a ti y a toda tu familia y, gracias también por asomarte a este blog. Ese abrazo, sin duda, nos lo podremos dar cuando llegue el patrón de nuestro querido e inolvidable pueblo, fechas en que no faltamos ninguno de los dos. De momento nos conformaremos con un abrazo virtual.

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