Le llamaban Juan el loco

Corría el otoño de 1948 cuando llegó a Villager un hombre muy peculiar. Con certeza, nadie supo nada acerca de su procedencia; ese secreto se lo llevó con él a la tumba; sólo algo estaba claro: era un minero y, por ello, no cabía duda de que venía de una cuenca minera. Tampoco cabía duda de que era minero y de los buenos, ya que al poco tiempo de su llegada, la empresa M.S.P. (Minero Siderúrgica de Ponferrada, S.A.) le dio trabajo, en calidad de picador, en el grupo Calderón y, a juzgar por los comentarios de quienes con él trabajaban, era un buen picador.

Había quien decía que procedía de las minas de La Mata de Curueño, localidad perteneciente al municipio de Santa Colomba de Curueño, situada en el extremo sur de la provincia de León; otros, por el contrario, aseguraban que venía de la cuenca minera de Barruelo, en la provincia de Palencia; no faltaba quien decía saber que su procedencia era el valle de Turón de donde, a causa de sus ideas políticas, había tenido que salir a uña de caballo cuando las tropas de Franco tomaron Asturias. Lo evidente es que todos los comentarios, al respecto, no eran sino meras conjeturas. El porqué de no querer desvelarlo, nunca lo supe, pero, sin duda, motivos existirían para ello. Yo, a pesar de la estrecha relación que tuve con él, no conseguí que me lo dijera; aunque, para ser sincero, tengo que decir que sólo lo intenté una vez y no me quedaron ganas de volver a preguntárselo.

A pesar de mi corta edad -a la sazón contaba yo 10 años-, llegué a conocerlo muy bien. Él se hospedaba -entonces se decía que estaba de posadero- en la casa de Poulas que, al igual que la mía, estaba situada a la salida del pueblo por la carretera de Orallo. Mi familia y yo, en aquel entonces, vivíamos en una de las viviendas de la casa de Cerezal. Ambas casas estaban situadas una frente a la otra y próximas al cargue de Calderón. Quizá por ser vecinos o quizá porque, como en aquel tiempo eran las dos únicas casas construidas en aquel rincón del barrio – conocido como barrio de La Ermita-, y por ello nos veíamos con cierta frecuencia, él se portaba conmigo de manera muy diferente a como lo hacía con otros chicos y chicas de pueblo, especialmente con ellas. Cuando salía a pasear siempre llevaba consigo una cachava (cayado, garrota) y cuando se encontraba con grupos de chicos o chicas, al grito de: ¡Estoy loco! y a la vez que enarbolaba la cachava, hacía como que salía corriendo tras ellos, riendo con estruendosas carcajadas. Ni que decir tiene que, tanto los chicos como las chicas, salían corriendo despavoridos, lo que aumentaba su hilaridad. Por ello, cuando le veían venir, gritaban: ¡Qué viene Juan el Loco! Yo no creía que Juan estuviera loco, y no lo creía, porque cuando hablaba conmigo, cosa frecuente, lo hacía con toda naturalidad; además, en cierta ocasión pregunté a la señora Rosario -la dueña de la casa donde Juan se hospedaba- si era verdad que Juan estaba loco. Su respuesta fue escueta: la locura de Juan es de conveniencia. Lo que si pudiera decirse es que su conducta era un tanto extravagante o, cuando menos, bastante rara.

Hacía cosas que la mayoría de los mortales cuerdos no suelen hacer; por ejemplo: Los mineros, cuando terminaban la jornada, todos se duchaban y se cambiaban de ropa en el cuarto de aseo que la Empresa tenía en cada uno de los grupos; en cambio, él siempre se bañaba en la presa de Sanceo; una pequeña desviación del río de Orallo, construida para regar los prados de la zona. La presa, de unos cincuenta centímetros de profundidad y casi un metro de ancho que, especialmente en invierno, llevaba un caudal considerable, y en ella se bañaba Juan todos los días. Quizá eso no fuera tan extraño a no ser porque él se bañaba completamente desnudo sin importarle lo más mínimo la gente que pasaba por el camino, que si bien no estaba muy transitado, al atardecer, que era cuando él solía bañarse, a menudo pasaba alguien que venía de recoger las vacas de los prados de la zona; pero más extraño aún, si cabe, es que él se bañaba en esa presa tanto en verano como en invierno, incluso  cuando había grandes nevadas y las temperaturas eran gélidas.

Recuerdo una tarde, fue a finales del mes de enero de 1949. Aquel día yo estrenaba unas botas de goma que, a mi medida, me había hecho Casimiro el zapatero, que era el único zapatero que había en el pueblo. Casimiro, hombre tranquilo y bonachón, tenía la zapatería en las casas de la cantina, en el barrio de abajo, no lejos de mi casa. Recuerdo que el día que me llevó mi madre a su zapatería para que me tomara las medidas, le dije:

-Casimiro, quiero que me haga unas botas como las de los mineros.

Me miró y, con su bonachona sonrisa, me preguntó:  

-¿Es que piensas ir a trabajar en la mina?

-Cuando sea mayor -respondí-.

-Hombre, para entonces te habrá crecido el pie y habrá que hacerte otras -dijo-.

El día que fui con mi madre a recoger las botas, había una nevada considerable. Yo quería ponérmelas ya en la zapatería para estrenarlas pisando nieve, camino de casa, pero mi madre me dijo que ya tendría tiempo de estrenarlas. Cuando llegamos a casa, a eso de las 5 de la tarde, me faltó tiempo para ponérmelas y salir a pisar nieve con ellas. Salí del portal y, a escasos metros, frente a la casa de Poulas, crucé la carretera pisando sobre un gran montón de nieve (un trabe) producido por el viento; en aquella nieve, que ocupaba todo el ancho de la carretera, de haber estado blanda, hubiera podido enterrarme hasta el cuello. Giré frente a la cancilla del prado del Cazador y delante de la casa de la Periquina enfilé el camino de Sanceo. La última nieve caída, nieve polvo aún, no sobrepasaba los 30 centímetros, lo que me permitía caminar enterrando las botas en ella, sin tener los problemas que hubiera tenido de ir con las madreñas que, apenas empezaba a caminar, se quedaban enterradas en la nieve y, en no pocas ocasiones, tenía que llevarlas en la mano y caminar en zapatillas.  Me encantaba el chasquido que producían las botas al pisar la nieve. Abstraído en aquel, para mí, encantador sonido, llegué a la vía que cruzaba el camino; vía por la que subían los trenes a cargar carbón en el cargue de Calderón. Fue entonces cuando al levantar la vista sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo al ver a Juan desnudo, como Dios lo trajo al mundo, tendido completamente dentro de la presa. Mi primer impulso fue esconderme detrás de la pared del prado de la lecharía, pero en aquel mismo instante él se levantaba y al verme me saludó levantando la mano.  Pisando descalzo sobre la nieve, se acercó a una bolsa de cuero de donde sacó una toalla y empezó a secarse. Ruborizado me acerqué a él. Supongo que mi cara era todo un poema, porque él sonriendo me preguntó:

– Oye guaje -siempre me llamaba así- ¿nunca viste un hombre desnudo?

– Sí -respondí -cuando pude sacar la voz del cuerpo-, en el pozo de la Corrada, cuando en verano nos bañamos; allí, todos, pequeños y mayores, nos bañamos desnudos; bueno, todos no, porque los veraneantes tienen bañador y se bañan con él.

Debió hacerle gracia mi respuesta porque, mientras se vestía, se estaba riendo, aunque no de la manera tan estruendosa como se reía cuando perseguía a los chicos.

Terminó de vestirse y ambos retomamos el camino de vuelta. Una vez desaparecido el rubor de mi cara y ya más tranquilo, le dije:

– Juan, voy a hacerte una pregunta ¿Por qué no te duchas en el cuarto de aseo como hacen todos los mineros? ¿No está demasiado fría el agua de la reguera?

– Eso no es una pregunta, guaje, son dos -me respondió-, pero bueno, voy a decírtelo. Los cuartos de aseo de los grupos despiden un olor nauseabundo; es un olor como el que hay en las duchas de la cárcel, y no puedo soportarlo. Lo del agua, es sólo la primera impresión, cuando estás dentro unos minutos ya no notas el frío, lo peor es cuando sales. A eso no se le puede llamar frío. Frío el que hacía en el frente de Teruel. Allí, a muchos grados bajo cero, tendido sobre la nieve y tratando de sujetar el fusil entre las entumecidas manos, hubo momentos en los que llegué a desear que una bala acabara con mi vida; de hecho, creo que, a causa del frío, murieron allí más soldados que abatidos por las balas enemigas.

Quedé con ganas de preguntarle por qué había estado en la cárcel, pero fue quizá la expresión de su rostro o quizá el tono de su voz -desconocida para mí hasta entonces- lo que me impidió preguntar. Caminamos unos pasos en silencio; de pronto, como si hubiera reparado por primera vez en mis botas, me dijo:

– Tienes unas botas muy buenas ¿Quién te las hizo?

– Casimiro el zapatero -respondí-, son como las de los mineros. Yo le pedí que me las hiciera como las de los mineros, porque cuando sea mayor yo voy a ser minero; voy a ser picador como mi padre. -“Como su padre, murmuró en un susurro“- para, acto seguido, a la vez que se paraba, poniendo una mano sobre mi hombro, con voz suave pero severa, me dijo:

– Oye muchacho -era la primera vez que no me llamaba guaje-, quítate esa idea de la cabeza. Hace apenas unas semanas que murió tu padre, habiendo cumplido apenas los cincuenta años. ¿Sabes de qué murió?

-Sí -respondí-, murió de una enfermedad que le llaman silicosis.

-Efectivamente, de silicosis, pero a esa enfermedad deberían llamarla la enfermedad de la mina o, más concretamente, la enfermedad del picador. Realmente, ¿Es eso lo quieres para ti y para tu familia?

-Tú también eres picador -repliqué con voz apagada-.

– Sí, tienes razón, pero eso es otra historia, Eran otros tiempos. Cuando yo tenía pocos más años de los que tú tienes, en mi casa, el único dinero que entraba era el que yo podía ganar y la única forma de ganarlo era la mina, pero eso no significa que tú tengas que ser minero. Ahora -dijo mientras me acariciaba la cabeza- los tiempos son muy diferentes.

-Y ¿dónde está ahora tu familia? -pregunté-.

Vi, como, radicalmente, cambiaba su semblante; vi con qué fuerza se contrajeron sus mandíbulas hasta el extremo de hacer rechinar los dientes con un ruido que me asustó. No quise seguir preguntado nada sobre el tema y, quizá con el único motivo de cambiar de conversción, le pregunté:

– ¿Por qué te gusta asustar a los chicos?

– Porque me divierte verlos correr despavoridos, pero nunca les hago daño. Jamás le haría daño a un niño.

– Pero ellos te tienen miedo porque creen que estás loco.

– ¿También tú crees que estoy loco, y también me tienes miedo?

– No, no te tengo miedo y sé muy bien que tu locura es de conveniencia.

Sonrió, a la vez que decía:

-Demonio de gaje ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

– Lo sé porque me lo dijo la señora Rosario; loco no, pero algo raro sí que eres.

Ahora soltó una carcajada de las suyas.

– ¿Y por qué cuando corres tras ellos gritas que estás loco?

– Me gusta que todos crean que estoy loco; sabes, el que en otros tiempos y otros lugares me tomaran por loco me ha salvado de grandes problemas.

Algunos años más tarde, cuando yo ya estudiaba en Sierra Pambley, una tarde, al volver a casa, encontré a Juan sentado en el poyo de la casa de la viuda -por ese apelativo era conocida la señora Encarnación-. Al llegar junto a él me hizo una seña para que me sentara a su lado. Me senté, y lo primero que me dijo, fue:

-Ahora casi no te veo ¿Es que no sales de casa?

– Si -respondí-, pero ahora no tengo tanto tiempo como cuando iba a la escuela. Ahora tengo que estudiar y, a demás, tengo que ayudar a mi madre. Yo también soy el único hombre de la casa.

– Claro, claro -murmuró-; pero, Sabes, echo de menos nuestros paseos por el camino de Sanceo y nuestras charlas.

Casi, como hablando consigo mismo y en voz muy baja, le oí decir: -“Es muy triste llegar al final de la vida y no tener a tu lado a un hijo con quien poder hablar y a quien poder abrazar”-. Me quedé en silencio y con ganas de preguntarle, una vez más, por su familia, pero no lo hice, tal vez pensando que con ello aumentaría su pena o, quizá, porque recordé la tarde aquella en la que se lo había preguntado. No sabía que podía decir y, probablemente, para salir del paso o quizá en un intento de borrar el gesto de tristeza que reflejaba su rostro, acerté a decir:

-Los fines de semana si que salgo, pero ahora no te veo porque ya no paseas como hacías antes cuando corrías detrás de los pequeños para asustarles.

-Eso es muy cierto -dijo tratando de sonreír, aunque sin conseguirlo-. Ahora no es solo que no corra, es que casi no puedo ni caminar. Para recorrer los doscientos metros que hay desde la cantina hasta casa, tengo que pararme tres o cuatro veces. La silicosis me tiene prisionero. Sabes, recuerdo cuando veía a tu padre, poco antes de morir, que pasaba por similar calvario al que yo paso ahora y, entonces, me decía a mi mismo que yo me retiraría a tiempo, que en ningún caso pasaría por ese trance y, sin embargo, ya los ves… ¿Sigues pensando en ser minero cuando seas mayor?

-Negué con un gesto de cabeza. Ahora, comprendo algunas cosas que antes no comprendía, pensé. Bueno Juan -dije de forma que no creyera que me molestaba su conversación-, tengo que marcharme, mi madre me espera. Ya daremos otro paseo por el camino de Sanceo -dije mientras me alejaba-.

-Sí, ya lo daremos -dijo con un tono que parecía querer decir que esos paseos se habían terminando-.

Anduve unos pasos y me volví para mirarle. Allí seguía, sentado, inmóvil, cabizbajo, con la cabeza apoyada sobre su cachava; aquella cachava que, años antes, con tanto vigor enarbolaba cuando corría detrás de los chiquillos.

Algunos años más tarde, buscando yo otros horizontes o, por qué no decirlo, intentando encontrar otros medios de vida lejos de la mina, me embarqué en juveniles aventuras lejos de mi patria; aventuras que rara vez se parecían a como yo las había imaginado y que, además, me retenían por largas temporadas lejos de mi querido Villager; cierto que, aunque mis visitas eran escasas y por poco tiempo, a pesar de ello, siempre que me era posible volvía a mi casa, ya fuera sólo el tiempo suficiente para abrazar a mi madre, a la que echaba mucho de menos. Cuando podía quedarme un par de días, siempre trataba de encontrarme con Juan para charlar un rato con él.

Tras un periodo de ausencia de un par de años, cuando volví a casa pregunté a mi madre por Juan. Me dijo que se había marchado; que dos días antes de marcharse se había acercado a nuestra casa, al parecer, sólo para preguntar por mí y, al no encontrarme, se limitó a decirle a mi madre que me diera recuerdos. Supongo que quería despedirse de mí; a fin de cuentas, creo que yo fui su único confidente -no digo amigo porque la diferencia de edad quizá no permitía ese calificativo-, aunque yo lo consideré siempre un amigo.

Se fue como llegó, sin dar ni pedir explicaciones; sin despedirse de nadie. Quizá, como les sucede a los salmones, sintió la necesidad de nadar hasta su río para morir allí; en las aguas donde había nacido, donde había trascurrido su infancia y donde, quizá demasiado pronto, se había hecho un hombre, agarrado a un martillo de picar, y donde sin que él fuera consciente, sus pulmones empezaron a llenarse con el polvo del carbón. Puede que, en los últimos días de su vida, a falta de otros brazos a los que abrazar, quiso, al menos, exhalar su último suspiro abrazado a sus recuerdos.

15 thoughts on “Le llamaban Juan el loco

  1. Me encanta el relato sobreJuan, ocultó su origen cuya importancia es relativa, pero, dejó el recuerdo que ahora detallas. Te felicito por estos recuerdos, que el humor y la memoria no te falle.
    Un abrazo

  2. Hola Pepe,
    Supongo que tu, por tu edad, no lo habrás conocido, pero probablemente habrás oído hablar de él. Gracias por tus buenos deseos pero, lamentablemente, poco a poco, tanto el humor como la memoria -sobre todo esta última- ya van fallando.
    U abrazo.

  3. De nuevo un entrañable relato de una persona corriente, pero llena de momentos vividos dignos de contarse que en definitiva son los que marcan la historia.
    Tu pluma querido Piorno, vuela sin pausa cuando describes la vida de tus paisanos, especialmente si son mineros. Buena muestra de ello son tus dos magníficos libros “Héroes de la oscuridad y el silencio “y “La senda de aquella mina”, y que considero una lectura imprescindible para conocer y valorar la vida de estos esforzados hombres mineros.
    En tu último relato también aparecen rasgos un tanto melancólicos y llenos de humanismo, de una relación de amistad y respeto de un joven con una persona adulta, llena de ternura y comprensión.
    Un precioso relato, que me demuestra querido amigo, que sigues en forma y escribiendo para deleite nuestro.
    Un abrazo.
    nano

  4. Que relato más sentido, amigo Piorno. Yo sí conocí a Juan el loco, no recuerdo en qué año, dices que apareció por Villager sobre el año 48, yo pensaba que había sido antes, pues recuerdo lo que nos asustaba corriendo detrás de las chicas enarbolando la cachava y con aquellas risotadas que nos hacían salir huyendo despavoridas …. cuando lo veíamos venir siempre había alguna que nos avisaba, ¡que viene Juan el loco! pero todo eran solo eso, risotadas y ganas de asustar, porque como bien dices, jamás hizo daño a nadie. era un personaje peculiar, que se escudaba en su apodo de “el loco”, para vivir la vida a su manera, de su pasado nadie sabía nada ni nunca creo lo comentó con nadie, era un poco solitario, pero creo no equivocarme si lo considero que haya sido una buena persona.
    Gracias amigo por traernos a la memoria vivencias y recuerdos de aquellos años, fueron años inolvidables, como suelen serlo siempre los años de la adolescencia, y yo recuerdo la mía feliz en aquellos años que pasé en Villager.

    Un abrazo
    Guaja

  5. Hola, Hoy de nuevo es para una pregunta ¿ no se nada de Lolo Gancedo? le envié algunas cosas al correo, supongo habtá cambiado,Te dejo elmio por si hay alguna novedad. villablino1@gmail.com Un abrazo

  6. Hola Jose,
    Lolo, que yo sepa, sigue teniendo la dirección de correo de siempre. Hablaré con él y le diré lo que me has comentado.
    Un abrazo

  7. Hola Guaja,
    Me imaginaba que tú eras una de las chicas a las que les había tocado correr delante de Juan el loco. Yo, cada vez que me acuerdo de aquellas carreras me da la risa. En una ocasión me preguntó un chico de mi barrio por qué yo nunca corría delante de Juan. Porqué él no corre detrás de mi, le respondí; claro, dijo él, como sois vecinos… No le faltaba razón. ¡Qué tiempos aquellos en nuestro querido Villager!
    Un abrazo.

  8. Cuantos amigos veo reunidos al calor de los recuerdos de Piorno. Abrazo a todos.
    Juan era todo un personaje. Un tipo estrambótico irrepetible. Muestra de ello vuestros comentarios. Igual me equivoco en su descripción. Los años difuminan las figuras. Yo recuerdo a Juan subiendo con paso lento, cansino, la cuesta de La Cabuerca, Una cachava atravesada por detrás del cuello y cogida con dos manos, semblante sonriente y … ¿me equivoco? una flor sujeta en su boca. Yo veía los toros desde la barrera, ya que me asomaba por el paredón de casa. Al llegar el atardecer veraniego era su hora de paseo, coincidiendo la abundancia de guajes que esperaban a que Milagros abriera la puerta para que pasáramos a encalcar el pajar de la tía Elisa.
    Chillidos de los guajes… Juan simulando emprender una carrera tras ellos golpeando la cachaba sobre el camino… Gracias Piorno por estos relatos que nos refrescan la memoria

  9. ¡Vaya!, Lolo:
    Creía que tú también habías corrido delante de Juan, pero por lo que me cuentas, tú veías los toros desde la barrera. No es de extrañar, porque tú, en aquellos tiempos eras todavía un guajín que vestía pantalón corto y tenías unas piernas que parecían palillos. Tú, como veraneante que eras, seguro que te bañabas en el pozo de la Corrada con bañador, y no como nos bañábamos los guajes del pueblo: en pelota picada.
    Por lo que veo, ya te funciona el ordenador. No te olvides de me debes un fisuelu.
    Un abrazo

  10. ¡Si home si…,! Piorno, los veraneantes nos bañábamos en el Pozo de La Corrada con bañador… sin embargo a eso de la una, cuando el sol de agosto había templado ligerísimamente el agua del rio de Orallo, los veraneantes abandonábamos las “cómodas” tumbonas hechas con piedras donde estabamos tomando el sol, se sacaba aquella calina de xabón casero y se procedía a quitarnos el bañador. Mi padre, mis tios Julio y Eliseo, mi hermano Eliseo, Francisco el de la tía Elisa, Emilio Riesco, Paco Canel y yo, para darnos una buena enxabonadura pasandonos la calina de mano en mano con cuidado de que no se cayera porque como decía Víctor de la Serna, ya se sabe el jabon es el pez más dificil de coger dentro del agua.
    Convenientemente aclarados y secados al sol, se emprendía el camino hacia La Cantina, en busqueda de aquel inolvidable “vermú” servido por Adolfo, Lupi o Esteban con el chorrito justo de sifón y 6 u 8 gotas de ginebra, ni una más, que haria las delicias de los más exigentes paladares…
    Y llegó aquel dia. El día en que no se lo ocurrió otra cosa a Pio Gafas que llegal al rio acompañado de dos chicas, un de ellas su hija. Adios al nudismo, adios a la brisa que recorria nuestras partes íntimas…
    El feminismo habia llegado a Villager.

  11. Hola Piorno:

    Yo soy una de las que corrió delante de Juan el loco. Como fácilmente imaginarás por mi seudónimo, soy de San Miguel, del barrio de la entrada del pueblo, viniendo de villager, por más señas. En los tiempos que tú mencionas, yo tenía tu misma edad. Un grupo de niñas de mi barrio, muchas tardes, a la hora que Juan el loco solía pasar por Ferraulfe, nos acercábamos para que corriera detrás de nosotras, así que ya puedes ver el miedo que le teníamos.

    Piorno, soy asidua lectora de tu blog aunque nunca, hasta hoy, me había decidido a escribir en él. Siempre tuve curiosidad por saber quién es Piorno, pero aunque pregunté a algunos de Villager, a los que conozco, o no lo sabían, o si lo sabían no querían decirlo. Después de leer el relato de Juan el loco, en el que dices donde vivías, la edad que tenías cuando ibas a Sierra, y alguna pista más, ya sé quien eres, pero no te preocupes que no voy a delatarte. Fuimos alumnos de la misma promoción en Sierra Pambley. No me extraña que escribas tan bonito como lo haces, porque ya cuando ibas a Sierra, a pesar de que eras el más jovencito de los chicos, tenías fama de ser el que mejor redactaba. Te estarás preguntando que cómo lo sé; pues te lo voy a decir: En la clase de doña Matilde teníamos que hacer redacciones y en una ocasión nos comentó que en la clase de los chicos había uno que algún día llegaría a ser un gran escritor, porque redactaba increiblemente bien, para su edad. No nos dijo tu nombre pero nos dijo que eras el más joven de la clase; del resto, para averiguarlo, nos encargamos nosotras.
    Voy a darte un par de pistas para que sepas quien soy: soy amiga de tu mujer desde que íbamos a la catequesis; en el cabo de año de Luis Dobarco, en la iglesia de San Miguel, estuve con tu mujer y contigo al finalizar la misa. Si lo recuerdas, ya sabes quien soy. Podría darte alguna pista más de los tiempos de Sierra Pambley, pero me temo que alguna más podía saber quien es piorno.

    Un afectuoso saludos

  12. Hola “Una de la Campanona”,
    En primer lugar, tengo que darte las más expresivas gracias por honrarme con tu presencia en este blog; En segundo lugar, agradecerte, igualmente, que sabiendo quien es Piorno me guardes el secreto; En tercer lugar, agradecerte también, el que, con tus comentarios, me hayas trasladado a mis años de estudiante en Sierra Pambley.¡Qué tiempos aquellos! No sé quién eres; he tratado de recordar a las chicas de mi promoción, pero sólo recuerdo a algunas. En cuanto a esa conversación que, al parecer, sostuvimos en el cabo de año de Luis Dobarco, difícil me resulta situarte, porque ese día, a la salida de la iglesia, estuve hablando con varias personas -unas conocidas y otras no- y además, mi memoria no está como para tirar cohetes. A mi mujer no le voy a preguntar por ti, ya que ella no sabe quien es Piorno, o si lo sabe lo disimula muy bien.
    En cuanto a lo que Doña Matilde os había comentado, si ciertamente se refería a mí, siento decirte que su pronostico no se cumplió, en absoluto.
    Saludos.
    Piorno

  13. Buenas tardes, Piorno:

    A raíz de mi mensaje y de tu respuesta, una intima amiga de tu mujer, y también mía, que al igual que tú y que yo, también reside en Madrid, me llamó para comentarme lo que había leído en tu blog, porqué suponía que la de la campanona era yo. Estuvimos charlando un buen rato y, entre otros comentarios, me dijo que había leído un par de libros tuyos; me dijo también, que tu mujer sabe perfectamente quien es Piorno, aunque a ti te haga creer que no lo sabe.
    Yo, aunque nacida y criada en San MIguel, hace muchos años que resido en Madrid. Aquí estudié filología española y aquí, algún tiempo después, hice unas oposiciones que me permitieron obtener una plaza de profesora en la Complutense, donde ejercí hasta la jubilación. Ahora, como tengo mucho tiempo, paso los inviernos en Benidorm, donde, casualmente, conocí a una sobrina tuya, y el verano lo paso en San MIguel.
    Me gustaría leer alguno de tus libros, así que te agradecería me dieras el título de alguno de ellos y la editorial que los ha publicado, para comprarlos. Puede que algún día, quién sabe, tengamos ocasión de vernos en Madrid.

    Saludos cordiales

  14. Hola “Una de la Campanona”. No tengo inconveniente en darte a conocer los títulos de los tres libros que he escrito, pero tengo que decirte que todos ellos están agotados. Los títulos son: “Héroes de la oscuridad y el silencio”, “La senda de aquella mina” y “Días de nieve” -de este último se han hecho dos ediciones y las dos están agotadas-. Como tú, son muchos los que me escriben para que les diga donde pueden adquirirlos, pero no ser que la editorial decida publicar alguna otra edición, no te va a ser posible encontrarlos.
    Saludos cordiales.

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