CÉSAR ALONSO GANCEDO

Como publicaba en junio del año pasado, con motivo de una pequeña loa dedicada a mi buen amigo Lolo Gancedo, no soy amigo de seguir esa norma, no escrita, de ensalzar los valores de una persona después de muerta. Prefiero hacerlo cuando aún vive y puede leerlo. Lamentablemente, hay veces en las que la muerte se presenta de improviso, a hurtadillas, sin ser invitada ni esperada, y, por más que el alma se nos encoja con su llegada, nada podemos hacer para evitarlo.

El pasado 20 de diciembre de 2018, se nos fue César Alonso Gancedo. Bilaxu digno de figurar con letras de oro en el libro de honor de Villager de Laciana. Se fue como vivió: con dignidad, en silencio, sin divulgación y con humildad. Me cupo el honor de contarme entre sus amigos íntimos, lo que me permitió conocer sus grandes valores morales y éticos, así como poder apreciar su gran sensibilidad; más allá de la exterior coraza con que, a  veces, revestía tales sentimientos. Parco en palabras, cuando la situación así lo requería, era, por el contrario, un excelente, ilustrativo y ameno conversador. De increíble memoria; sus amigos íntimos, en no pocas ocasiones, recurríamos a ella para aclarar cualquier duda respecto a cuanto pudiera estar relacionado con personas, propiedades o datos inherentes a sucesos acontecidos en el Valle de Laciana.

Poseía César un fino sentido del humor -celta- que provocaba el que, en nuestras tertulias matinales en la Cantina de Villager, al pairo de un vaso de un vermú, todos estuviéramos pendientes de sus siempre amenos e ilustrativos comentarios. Prueba de ese humor celta es la anécdota que, a continuación, me dispongo a relatar:
Una de las fincas que él poseía -concretamente un prado-, la tenía arrendada, desde hacía varios años, a un vecino, cuyo nombre prefiero omitir. El tal arrendatario hacía cuatro años que no le pagaba la renta, sin que por ello César se hubiera molestado en llamarle al orden, ni siquiera preguntarle el motivo por el que no le pagaba la renta; supongo que una de las razones podría ser porque el importe de la renta era tan bajo que no valía la pena molestarse en reclamarlo. Al cabo de ese tiempo, un buen día, estando César echando la cotidiana partida de mus en la Campanona -yo fui testigo-, se acercó el arrendatario a la mesa y dirigiéndose a César le preguntó si podía salir un momento porque quería hablar con él. El hecho de que el arrendatario de su finca se permitiera interrumpir la partida, le hizo pensar que algo grave había sucedido. Se disculpó César con los participantes de la partida, y salió con él a la calle. Una vez fuera, el hombre, sin más preámbulo, le dijo: César, lo siento, pero a partir de hoy dejo de arrendarte el prado. Respuesta lacónica de César: “Pues me buscas la ruina”. Se dio media vuelta y, sin mediar palabra, entró a continuar la partida.

Comento esta anécdota que, en principio, alguien podría pensar que no es adecuada al momento, por dos motivos: Uno, para, como mencionaba anteriormente, mostrar su excepcional sentido del humor; otro, porque yo prefiero recordarlo, no con tristeza, sino en los buenos momentos de algazara vividos a lo largo de los años; por ejemplo, cuando en compañía de Luis Sierra (el síndico) subíamos a Buenverde a pasar el día. Allí, en la cabana del pueblo, unas veces, otras en la Jose -el hijo de Gelín-, mientras dábamos buena cuenta de una estupenda tortilla, chorizo y jamón, ayudado por un par de botellas de vino de trago largo, como gustaba decir a César, al pairo de mil y una historia que él nos contaba -reales unas, fruto de su imaginación otras-, pasábamos un día a lo grande. La intendencia comestible corría a cargo de Luis -su mujer hacía las mejores tortillas que jamás he comido-; la intendencia líquida corría a cargo de César; yo era el encargado de la logística (transporte). Esos, y no otros, son los momentos en los que yo quiero recordarlo.

De profesión economista, a lo largo de su vida profesional ocupó altos cargos directivos en el Ayuntamiento de Villablino y en la Diputación de León. Cargos, todos ellos, inherentes al funcionariado y no a la política, en la que jamás quiso mezclarse, ni siquiera terciar en discusiones acerca de ella. Tanto en el Ayuntamiento como en la Diputación, no pocos vecinos de Laciana recurrían a él cuando necesitaban ayuda para solucionar cualquier tipo de tramitación administrativa, y en él encontraban siempre toda la ayuda posible.

Una leyenda de los Dayak -Tribu de Borneo- dice que el espíritu de quien muere va a alojarse en una de las estrellas poblada por los espíritus de familiares y amigos fallecidos anteriormente. Si esa leyenda tiene algo de realidad, a estas horas, César está de tertulia con Gelín, Herminio, Pepín, Heradio y algún otro tertuliano de la Cantina de Villager.

Descansa en paz, amigo.
Piorno

7 thoughts on “CÉSAR ALONSO GANCEDO

  1. Querido Piorno, sentidas y merecida palabras las que dedicas a quien fué una gran persona. Es cierto cuanto dices de él. Su sentido del humor era conocido por todos los que de una manera u otra estuvimos cerca, tenía esa retranca divertida que hacía de él una persona con la que era un placer conversar, siempre nos arrancaba una sonrisa y eso es algo que nunca olvidaremos. Es triste pensar cómo nos van dejando las personas que queremos, es ley de vida, pero aunque ya no esté a nuestro lado, su recuerdo y el tiempo que vivió entre nosotros siempre perdurará. Descansa en paz, querido César, y que la luz eterna te acompañe para siempre.
    Guaja.

  2. Ya me había enterado del fallecimiento de César y, a pesar del poco trato que he tenido con el, lo he sentido. Entre las años que nos separaban y los más de 50 que llevo fuera, aunque nunca ausente del todo, en una de las tertulias en el bar la Unión, me presenté y a partir de entonces el trato ha sido muy cordial. Estoy contigo en los calificativos que le dedicas. Aprovechando estas líneas presento mi pésame a su familia.
    Piorno, me alegro de volver a encontrarte por estos lares de disfrutar de tus escritos y de verte recuperado.

  3. Cesar era una buena persona y no lo digo porque haya muerto. Descanse en paz.

  4. César, inteligencia natural, sabiduría refinada en el camino de la vida, ironía fina, se ha ido en silencio como los grandes personajes de verdad, y como el caballero que fue.

  5. No se puede expresar mejor ni con mayor exactitud.

  6. La singladura con mi entrañable primo César tuvo dos etapas, casi coincidentes con los ratos pasados en la Cantina de Villager y la segunda en La Campanona. Coincidente la primera con mi adolescencia y la segunda con mi jubilación. En la primera de ellas, la de La Cantina, en la que yo, con pocos años acompañaba a mi padre en el verano a tomar el vermú tras regresar del baño en el pozo de La Corrada. Allí entraba en contacto con otros veraneantes como mi padre. Allí estaba mi tío Julio , Emilio Riesco, Paco Canel, Francisco el de la tía Elisa y tantos otros. Pasó el tiempo y uno a uno aquellos contertulios se fueron marchando, dejaron el poso de aquellas historias increíbles (nunca mejor dicho lo de increíbles). Estos veranos dejaron en mi paso a la época de la mili y tras ella a los años de trabajo, época en que las vacaciones de verano eran solo una expresión de deseo. Fue en los comienzos del nuevo milenio cuando se retomó, quizá con nostalgia, la costumbre del vermú matutino y nuevos compañeros ocuparon los lugares dejados. Allí apareció la curva del mostrador expresamente hecha y ocupada por Pepín “Gorila”. Allí se contaron nuevas historias incluso menos ciertas que aquellas iniciáticas. César, paradigmático inventor de la profesión de cuentacuentos, nos deleitaba con aquellos relatos preñados de fantasía como aquella la tan célebre intentona fallida de repoblación de conejos que quedó diezmada por una tremenda epidemia de “la metafusis”, o la expedición para capturar en Fuexo un prehistórico mamut del “trifásico” y así una y otra que hacían las delicias de la parroquia. Eso sí, con tiempo tasado: entre dos a tres de la tarde, que en casa, nos están esperándonos para comer.
    La tertulia en la cantina finalizó con el cese de su actividad por el problema de salud de Luciano, prudente mediador de las discusiones. Este cierre casi coincidió afortunadamente con
    la apertura de La Campanona. Allí recalamos nuevos personajes y cómo no: César, que en la barra se deleitaba con su vaso del delicioso Prieto Picudo dispuesto a contar y contestar dudas preguntas culturales, antropológicas, históricas y sociales … porque eso si, Cesar era una enciclopedia divertida y de garantía.

    Y ahora, ¿A quien le vamos a preguntar nuestras dudas?… A ver, ¿a quien?…” disfrázame esto Piorno”…

    Lolo Cazador

  7. Amigo Lolo,

    Tu bonito y muy bien hilvanado comentario, además de retrotraerme a deliciosos tiempos pasados -en este caso nada tiene que ver mi comentario con aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor-, no he podido contener la risa al recordar el vocabulario del entrañable y desaparecido personaje conocido como “Manso” -Nunca supe si Manso era apellido o apodo-; especialmente aquello que, tras una explicación de César, que a buen seguro él no había comprendido, en vez de decir “descíframelo” soltó aquello de “disfrázamelo”. César, que de sorna andaba sobrado, sabía cómo provocar en Manso respuestas de ese tipo, con la consiguiente risa de los parroquianos presentes en La Cantina.

    Manso, que, aunque parecía ingenuo, también sabía jugártela, en cierta ocasión -de esto hace ya muchos años- hizo el siguiente comentario en La Cantina, a la hora del vermú: -Esta noche no puedo enjarrillarme porque mañana tengo que madrugar pa ir a segar un prao-. Yo, ingenuo de mí, le dije que, si le parecía bien, yo iría a echarle una mano, a lo que me respondió que estaría encantado. La verdad es que a mí me apetecía volver a coger la guadaña. Le pedí que me dijera la hora y de qué prado se trataba. -A las 8:00h, respondió. El prao es el que está pegado a la Argaxada, a la izquierda del camino, según vas-. Aquella tarde me la pasé cabruñando y afilando una guadaña que tenía mi suegro, y que hacía años que no se utilizaba. Yo, a la mañana siguiente, como un clavo, a la hora acordada, me presenté donde él me había indicado. Media hora más tarde, como quiera que Manso no aparecía, me dije que como de costumbre habría cargado el carro hasta las talangueras, y que, consecuentemente, le costaría levantarse; así que, sin pensármelo más, me metí en el prado y empecé a segar. El prado no era muy grande, y para las 11:00h. ya había segado la mitad. Mi sorpresa no tuvo límite cuando, a esa hora, entró un hombre vociferando y diciéndome a gritos que quién me había dado permiso para segar el prado. Un poco aturdido por la bronca, le pregunté quién era, a lo que, para mi asombro y de muy malas maneras, me respondió que era el dueño del prado. En aquel momento me acorde de Manso y de todos sus antepasados, El resto no te lo cuento porque a estas horas aún hay niños despiertos.

    ¿A quién vaamos a recurrir ahora? difícil lo tenemos, amigo Lolo. César solo había uno.

    Abrazos.

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