MILAGRO NAVIDEÑO (por Piorno)

En la montaña de León, en una pequeña aldea llamada Villager, al noroeste de la provincia, en un precioso día de Navidad de hace ya muchos años -no recuerdo cuántos, pero muchos-, contrariamente a lo usual en esos parajes, especialmente por esas fechas, el cielo, mediada la mañana, mostraba su azul más luminoso. Tal vez, por ser un día tan especial, los rayos de un más que resplandeciente sol se esforzaban en mitigar el intenso frío que una blanca y reluciente helada, depositada sobre montes y prados, estaba causando.

En las laderas de aquella montaña, Lolo, un zagal, casi un niño, con la ayuda de Pipo –su perro e inseparable amigo- pastoreaba un pequeño rebaño de cabras pertenecientes a los vecinos de la aldea. En realidad, el pastor del pueblo era Ruperto, su padre, pero desde que éste se hallaba postrado en su lecho, adoleciente de una incurable enfermedad que le impedía levantarse, era Lolo quien tenía que ocuparse de tal menester. La ayuda de Pipo era inestimable, pues, en realidad, el mastín era quien controlaba y mantenía unido el rebaño conduciéndolo de un lado a otro, allá donde creciera la hierba; incluso en días soleados y con temperaturas agradables, él le daba a Lolo la oportunidad de sentarse a descansar unos minutos y hasta, de vez en cuando, echar una cabezadita.

En aquella hermosa mañana de Navidad, cuando los rayos del astro rey alcanzaban su máximo fulgor, y la escarcha de la helada ya se había diluido, Lolo, sentado sobre una roca, con Pipo tumbado a sus pies, luchaba por mantenerse despierto, aunque, poco a poco, por más que en ello se esforzaba, sus párpados descendían, lenta e imparablemente, como si de una pesada losa se tratara, hasta quedarse profundamente dormido.

De pronto, al abrir los ojos, nuestro pastorcillo se encontró en un paraje, para él, totalmente desconocido. No era su montaña la que se encontraba bajo sus pies; el verde césped de las laderas, donde sus cabras pastaban, se había transformado en tierra árida de color ocre y la vegetación había desaparecido; ya no había escarcha en las zonas ombrías, y el color de aquel cielo en nada se parecía al intenso y luminoso color azul del de su montaña; pero, lo más asombroso de todo era que, frente a una humilde choza, bajo la techumbre de un portal medio derruido, sobre un lecho de paja, se vislumbraba la silueta de un niño recién nacido. A su lado, los que se supone eran sus padres, se inclinaban ante él como queriendo arroparle con su aliento y, algo más alejados, arrodillados ante la entrada de aquel derruido portal, tres hombres, vistiendo extraños y lujosos ropajes, con brillantes coronas sobre sus cabezas, se postraban arrodillados en señal de adoración. ¡Qué gente tan extraña! –pensó-. Un tanto preocupado, volvió la vista hacia su rebaño y contempló como todas sus cabras se hallaban tumbadas, plácidamente, con Pipo a su lado. Cerca de ellas, tres extraños caballos, muy altos y con dos jorobas –animales totalmente desconocidos para él- eran custodiados por tres zagales ataviados con ropajes que a él le resultaban un tanto ridículos, pues jamás había visto a nadie vestido de tal guisa. Sin otra intención que la de contemplar de cerca al recién nacido, tímidamente, se acercó Lolo a aquellos tres hombres lujosamente vestidos y, por aquello de que, a donde fueres haz lo que vieres, también se arrodilló, a su lado. Se sorprendió al observar que uno de aquellos hombres, el más próximo a él, tenía la piel de diferente color. ¡Qué extraño –se dijo-, un hombre de color negro! ¿Y por qué irán vestidos de forma tan rara? –pensó-. Baltasar, que así se llamaba aquel hombre de color, dirigió su vista hacia el asustado chiquillo y, quizá, extrañado por su repentina presencia o, tal vez por simple curiosidad, le preguntó:
– ¿Quién eres, zagal, y de dónde vienes?
– Me llamo Lolo y vengo de una aldea muy lejana, allá en las montañas de Villager, señor –respondió con voz tremulante.
– ¿Dónde están esas montañas? Nunca a nadie he oído hablar de ellas.
– Están lejos, señor; muy lejos, más allá del desierto y del mar.
– ¿Y dónde has dejado tu camello?
– ¿Mi camello? –se preguntó en un susurro-. ¿Se refiere usted, señor, a esos raros caballos, como los que están tumbados ahí detrás? Si es así, le diré que yo no tengo camello. He venido andando con mi rebaño de cabras y con Pipo, mi perro.
– ¿Es que, acaso, eres pastor de cabras? –preguntó sorprendido otro de los tres señores, uno con aspecto de anciano, de pelo blanco y largas barbas, llamado Melchor, y que hasta entonces no había intervenido en la conversación-. ¡Pero si sólo eres un niño! -exclamó- ¿Es que no vas a la escuela?
– Verá, señor –tartamudeó Lolo-, en realidad, el pastor es mi padre, pero hace algún tiempo que enfermó y no puede levantarse de la cama. Las cabras pertenecen a los vecinos del pueblo, y para que no contraten a otro pastor y nos quedemos sin trabajo, no tengo más remedio que pastorearlas yo. En cuanto a lo de la escuela…, antes de que mi padre enfermara, sí que iba, pero ahora no me es posible.
– ¿Sabes leer y escribir?
– A duras penas, señor.
El tercero de los tres hombres, que se llamaba Gaspar, y que hasta entonces había permanecido en silencio, inclinando el cuerpo hacia delante para ver bien el rostro de Lolo, al tiempo que con el dedo señalaba hacia una fulgurante estrella que con aspecto de cometa brillaba en lo más alto, con voz cálida y sosegada, preguntó:
– ¿Para venir desde tan lejos, te ha guiado esa estrella a través de mares y desiertos?
Lolo miró al cielo, y después de observar la reluciente estrella, moviendo la cabeza en sentido negativo, respondió:
– No, señor, no ha sido esa estrella quien me ha guiado; ha sido Pipo, mi perro, quien caminando delante del rebaño, me iba mostrando el camino y, con elocuentes gestos, me pedía que le siguiera. Gaspar, después de observar detenidamente aquel hermoso mastín, le preguntó:
– ¿Y cuál es el motivo de tan largo viaje? ¿Traes, por ventura, algún presente al niño que está en el pesebre? Nosotros le hemos traído oro, incienso y mirra. ¿Y tú, que traes en tu zurrón?
– Sólo un mendrugo duro para la merienda -respondió-. Soy tan pobre, señor,… Pero encantado se lo daría al niño, si…
Gaspar le interrumpió en su respuesta, y dirigiéndose a sus compañeros de viaje, con elocuente gesto de extrañeza, les preguntó:
– ¿Habéis visto lo mismo que yo? ¡He visto al niño Dios sonriendo al pastorcillo!

Un ladrido de Pipo despertó a Lolo. El sol empezaba a ocultarse tras la montaña y la temperatura descendía con mayor rapidez de lo deseado. Es hora de recoger el rebaño y volver al pueblo –pensó el muchacho-. Por el camino, de vuelta al pueblo, recordaba Lolo el bonito sueño que había tenido, pero no acertaba a comprender cómo había podido dormir tanto tiempo de un tirón. Normalmente, sus cabezadas –cuando las cabras se lo permitían- no solían ir más allá de diez o quince minutos y, sin embargo, en esta ocasión, incomprensiblemente, había durado horas.
En estos pensamientos andaba, cuando avistó las primeras casas del pueblo. De pronto, como si un invisible muro hubiera surgido repentinamente ante él, se detuvo permaneciendo completamente inmóvil, como si un poderoso imán lo sujetara al suelo; ni siquiera pestañear podía: al final del camino, frente a la primera casa del pueblo, de pie, sonriendo plácidamente, y esperándole con los brazos abiertos para estrecharle entre sus brazos, se hallaba Ruperto, su padre.

Piorno.

6 thoughts on “MILAGRO NAVIDEÑO (por Piorno)

  1. Amigo Piorno, como todos los años, tu relato es conmovedor y entrañable. Este año me ha gustado especialmente, ya que el personaje de Ruperto, me trae recuerdos de mi niñez. Yo lo he conocido personalmente, pues allá por los años 1936 y en las décadas siguientes era el pastor de las cabras de Villager. Todas las mañanas iba recorriendo el pueblo tocando la cuerna para que de todas las casas fueran sacando las cabras al camino, hasta que reunía toda la vecera para llevarla al monte a pastar. Allí las cuidaba todo el día, hasta que al caer la tarde, y otra vez casa por casa, las iba repartiendo por todos los corrales para proceder a su ordeño. Con esa leche yo recuerdo que fabricaban unos quesos divinos. Los de mi abuela, la tía Ramonina, tenían una merecida fama en todo el contorno, eran exquisitos, cremosos, y con un sabor incomparable. Bueno, pues el personaje de Ruperto, yo no sé si tenía familia o no, yo era muy pequeña y no recuerdo que la tuviera. Siempre dormía en la casa del Cazador, mi casa, allí tenía un cuarto en el portalón, al final del corral, era un cuarto muy austero, casi como una celda monacal, solo tenía una cama con su colchón, sábanas y mantas una silla con el asiento de paja y un clavo en la pared para colgar sus ropas cuando se acostaba. Mi abuela, que era una gran persona, se encargaba de lavarle las ropas y de remendárselas cuando le hacía falta, y él que era un hombre agradecido, le acarreaba al volver del monte, escobas y trochos para encender la cocina. Mis abuelos y mis tías lo cuidaban como una parte de la familia, y él lo agradecía como buenamente podía. La verdad es que sin querer me he desviado del tema de tu relato, pero los recuerdos de mi infancia han sido los culpables. Lolo y Pipo, me imagino que se quedarían asombrados de verse trasladados, aunque fuera en sueños, a vivir esa experiencia tan maravillosa, nada menos que conocer a ese Niñito, tan pobre y tan humilde como él, con unos padres que no tenían nada que ofrecerle, más que su amor, igual que él, y que los personajes que iban en su busca eran nada menos que tres Reyes con sus coronas, sus pajes y sus camellos, que aunque él no lo supiera, fueron a adorarle como al Rey de los Cielos. Y ese Niñito sonriente y amoroso, le ofreció el mejor regalo que podía darle, el devolverle la salud a su padre y el abrazo y el amor para poder seguir pastoreando su rebaño.

    Gracias, Piorno, por este nuevo relato, que guardaré junto con todos los anteriores que has ido publicando. Espero poder leer el del próximo año

    Un abrazo, Guaja

  2. Amigo Piorno, como todos los años acudes a la cita navideña con este cuento recuerdo de los que antaño nos contaban en casa al calor de la cocina y que también nos hacían soñar. Siempre terminaban con un milagro o una moraleja.
    Te veo ya restablecido, no desanimes que algún Rey Mago te hará el milagro. Espero nos veamos pronto.
    Feliz Año para ti y toda tu familia. Un fuerte abrazo. Pucelaciana.

  3. Mi buena amiga Guaja,
    Gracias por tus siempre amenas y bien hilvanadas líneas. Si, como se desprende de tu escrito, este pequeño relato ha servido para transportarte mentalmente a la época de tu niñez, me siento totalmente satisfecho. En mi opinión, poder regresar mentalmente a nuestra infancia, es el don que tenemos los humanos de volver a vivir los tiempos más deliciosos de nuestra existencia.
    Dices que esperas poder leer mi relato del próximo año. Yo espero poder escribirlo.

    Un abrazo, Piorno.

  4. Gracias amigo Pucelania,
    Algo que me encantaría, pero que lamentablemente no es posible, sería contar mis relatos sentado en torno a un buen fuego de leña, rodeado de amigos, en una cocina de curar el samartino, escuchando el retallar de las ramas de roble al arder, extasiándome con el olor que desprenden morcillas y chorizos mientras se ahúman colgados de los varales.

    El verano, amigo Pucelania, llega pronto y, para entonces, seguro que nos veremos.
    Un abrazo y Feliz Año, igualmente, para ti y para todos los tuyos.

  5. Señor Piorno Kirschenfeld,
    Esta es la segunda vez que me atrevo a escribir algo en su blog. La primera fue hace ya varios años y lo hice con un seudónimo, esta vez pongo mi nombre y mi apellido de casada; digo mi apellido de casada porque, aunque española, me casé con un alemán y, como usted seguramente sabe, en Alemania cuando una mujer se casa pierde su apellido y toma el de su marido.
    Yo nací en un pueblo de Babia y me crié en Madrid, donde estudié filosofía y letras; en Madrid conocí al que sería mi marido y poco antes de casarnos nos fuimos a vivir a Langenfeld, una pequeña ciudad a 22 Km. de Düsseldorf, donde nos casamos. Allí vivimos hasta hace 10 años que falleció mi marido, y allí trabajé durante toda mi vida laboral de profesora en un colegio mayor de Düsseldorf. Para cuando falleció mi marido ya había contraído yo una enfermedad degenerativa que me postró para siempre en una silla de ruedas, razón por la que de inmediato regresé a Madrid, donde viven mis dos hijas.
    ¿Por qué le cuento todo esto? Quizás por puro desahogo o puede que porqué supongo que usted, llevando como lleva un apellido español (Piorno) y otro alemán (Kirschenfeld) será hijo de padre español y madre alemana y, si es así, comprenderá lo que significa tener 2 nacionalidades que , en ocasiones, equivale a no tener ninguna, porque en mi caso, en Alemania yo era la española y en España soy la alemana.

    En su blog entré por verdadera casualidad. Buscaba el origen de la palabra piorno, pero refiriéndome al arbusto, similar a la escoba que hay por los montes de mi pueblo, Y buscando esa palabra Internet me remitió, entre otros, a su blog. Desde entonces, y hasta hace poco más de un año, he leído todos los relatos, fábulas y artículos que ha publicado en su blog, así como los comentarios publicados por algunos de sus lectores. especialmente los de Guaja y Nano 35 que supongo son escritores, y si no lo son deberían serlo por lo bien que escriben. Digo bien cuando, en pasado, digo leído hasta hace poco más de un año, porque mi enfermedad ha ido aumentando su grado degenerativo y desde hace exactamente 14 meses me he he quedado totalmente ciega. A pesar de lo cual me considero una mujer afortunada, porque tengo a mi lado un ángel de la guarda, una encantadora nieta que se ha convertido en mis ojos y mis manos.

    Su relato navideño, como ya tantos otros, me lo ha leído mi nieta, y a la belleza de su prosa se unía la voz de este ser angelical que es mi nieta creando un binomio indescriptible. Me encanta como escribe usted en general, pero especialmente, este relato. Además de bello y emotivo se ha introducido usted de tal forma en el rol del pastorcillo, que se diría que es el propio niño quien lo ha escrito. Estoy segura que para ello ha tenido que regresar usted, espiritualmente, a la época de su niñez, consiguiendo al mismo tiempo que sus lectores, al menos yo, regresáramos a nuestra infancia.

    Señor Piorno Kirschenfeld, aunque por sus escritos deduzco que es usted, como yo, una persona ya entrada en años, por favor, no deje usted de escribir. No se imagina cómo sus relatos me han ayudado a llevar mi pesada carga carga. Yo, como una asidua lectora suya de nombre Guaja, también espero poder escuchar la voz de mi nieta leyéndome su mensaje navideño en el año que acaba de nacer.

    Mil gracias, señor Piorno kirschenfeld.
    María Shäfer

  6. Estimada Señora Schäfer,

    Me siento incapaz de encontrar las palabras adecuadas que pudieran plasmar con claridad el sentimiento de agradecimiento que su comentario ha despertado en mí; por ello, me limitaré a decirle algo tan sencillo como: Muchas gracias.
    Además de agradecido y muy honrado con su aportación literaria, permítame decir que sus comentarios me han hecho reflexionar muy hondamente sobre lo poco que apreciamos algunas personas, entre las que me cuento, el poder disfrutar de todo cuanto nos rodea con la plenitud de nuestros cinco sentidos. Usted, señora Schäfer, a pesar de su terrible enfermedad, tiene el coraje y la humildad de considerase una persona afortunada. ¡Qué gran lección! Espero no olvidarlo jamás.

    Hochachtungsvoll
    Piorno-Kirschenfeld

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