HE VUELTO A VEGAPUJIN

El pino de la Viliella                                            

 Fernando liberando al alerce de las enredaderas


                                                          EL ALERCE REFLEJADO EN EL AGUA

Apenas había transcurrido una semana de la celebración del día de Todos los Santos cuando, casi sin haber dado tiempo a que las flores depositadas sobre las sepulturas del cementerio de Villablino hubieran podido marchitarse, decidí hacer un segundo viaje a Vegapujín. A pesar del lluvioso día que había amanecido no lo pensé dos veces, y en aquella oscura y lluviosa mañana de los primeros días de Noviembre, paraguas en ristre y calzando unas botas de goma, de las que aún conservo de mis tiempos de minero, me eché a andar camino de Rabanal de arriba hacia la casa de mi entrañable y rudo amigo Pacón. Tuve que aporrear varias veces el picaporte de la puerta para que, bostezando y con el rostro aún soñoliento, lo que indicaba que acababa de levantarse, se decidiera a abrirla. Al verme, en un primer momento, puso tal cara de sorpresa que, más que a mí, podría pensarse que había visto un fantasma. Como no parecía reaccionar tuve que decirle :

– ¡Qué Pacón ! ¿Piensas tenerme mucho rato aquí con la que está cayendo ?

– Pasa, pasa –dijo con su aguardentosa voz-. Estás en tu casa. Pero, dime, Piorno ¿Qué te trae en un día de perros como este por aquí, y a estas horas ?

– No me digas que te desperté –le dije mientras echaba un vistazo al reloj-. Ya son la nueve de la mañana y a esta hora seguro que el gallo ha cantado ya varias veces.

– Qué dices, Piorno. Tú vives en la prehistoria. Hace años que no hay gallinas en este pueblo. Y, por otro lado, para que quieres que madrugue. Ahora ya no es como cuando tenía las vacas y tenía que levantarme temprano para atenderlas. Ahora no tengo nada que hacer y los días ya son, de por sí, lo suficientemente largos como para alargarlos más aún sin necesidad. Supongo que, como todos los años, viniste a llevar unas flores a al panteón de los tuyos.

– Así es –respondí-, y no sólo a ellos. También llevé un ramo a la sepultura de Manolo Josefón, y, por cierto, me sorprendió ver que alguien se me había adelantado y había depositado ya unas flores sobre su tumba, además de haberla limpiado.

Nada dijo al respecto, en un primer momento, pero por el gesto de su cara pude percatarme que aquellas flores en la tumba de Manolo las había llevado él. Al cabo de unos segundos, tras secarse los ojos con un pañuelo, haciendo como que los limpiaba, fijando la vista en la ventana, aunque con una expresión en su rostro como de no mirar a parte alguna, dijo :

– Manolo nos tiene a nosotros para llevarle flores, pero me pregunto si cuando yo muera alguien me las llevará a mí. Si tú vives, no me cabe duda, que tú lo harás, pero cuando tampoco tú estés… Tú no tendrás ese problema, porque en Madrid a ti te quemarán y…

Le interrumpí para que no terminara la frase.

– Amigo Pacón –dije tras la interrupción-, el motivo de mi visita no era hablar de lo que ocurrirá cuando tú y yo nos hayamos ido. Eso, como tú sospechas, probablemente, no va a entristecer a nadie. Vine a verte para pedirte que me acompañes a Vegapujín.

– ¡Ehhh ! ¡Otra vez ! –Exclamó frunciendo el ceño- ¿Es que tuviste que esperar a que amaneciera un día lloviendo a mares para hacer ese viaje? Y, naturalmente –continuó- querrás que te lleve en el Land Rover. La verdad, no sé que tiene ese pueblo para que quieras volver. Esos pueblos no cambian, están siempre igual. Creo que ya estaban así cuando llegaron los romanos –dijo esbozando una mueca que pretendía ser una sonrisa-. Así que vas a encontrar lo que allí dejaste la vez anterior.

– Amigo Pacón, no sé si podrás comprender el porqué, pero voy a tratar de explicártelo: Quiero contemplar una vez más, su hermoso paisaje otoñal que, si no me equivoco, estará conformado por el color verde brillante de las escobas, por los colores amarillo y  ocre de las hojas de robles, chopos y abedules, salpicado por el rojizo color de las hojas de los mostachales; quiero volver a contemplar el alerce, el que, en un ya lejano día, plantó el abuelo de mi buen amigo Nano-35 por indicación del general laureado D. Segundo García García; quiero pararme frente a la casa donde nació el general y, mientras contemplo la placa que lo recuerda, imaginar como sería la vida de aquel gran hombre cuando, siendo un niño, correteaba por los camiones del pueblo; quiero cruzar el río sobre el puente que está frente al alerce y, apoyándome sobre la barandilla, contemplar el discurrir de las aguas en las que, en otros tiempos, mi amigo Nano35 se paraba a contemplar el zigzagueo de las truchas de lomos dorados, salpicados de pintas amarillas; quiero entrar en la cantina del pueblo para saludar a la señora Elda y disfrutar de su amena conversación, como le prometí que haría en el viaje anterior; quiero impregnarme del olor a leña quemada que desprende el humo de sus chimeneas mientras que, formando caprichosos tirabuzones de color gris claro, caracolea elevándose hacia el cielo; quiero, cerrando los ojos, ver un caballo pinto sobre el que un joven jinete, apenas un niño –Fernando Moreno Bardón-, setenta años atrás, galopaba raudo en dirección a Murias de Paredes. Galopaba veloz, cual centauro alado, cruzando valles y bosques, sin pensar en otra cosa que no fuera su misión: traer a tiempo una medicina que debía adquirir en la farmacia más cercana a Vegapujín, la cual estaba en Murias. De su valor y destreza en el manejo de las riendas dependía la vida de un niño. Además de todo eso, supuse que también a ti te agradaría volver a Vegapujín.

– Supongo que, al menos, podré lavarme, afeitarme y desayunar   -murmuró-. Además, tengo que decirte que no sé si el Land Rover arrancará, porque hace meses que no lo pongo en marcha. Y, si con mucha suerte arranca, no sé si tendrá suficiente gasoil en el depósito para llegar a la gasolinera del cruce de las Rozas.

– En ese caso –dije yo- no te preocupes, yo me acercaría a la gasolinera y traería unos litros en un bidón, aunque lo verdaderamente penoso sería que no arrancara y que no fuera por falta de gasoil, sino por una avería.

Media hora más tardes cruzábamos el puente de las Arregadas de Rioscuro y, con el ensordecedor ruido del motor del viejo Land Rover golpeando en mi cerebro, iniciábamos la subida hacia El Villar de Santiago. Pasamos El Villar y al llegar al los Bayos nos encontramos dos vacas cruzadas en medio de la calzada. Pacón hizo sonar el claxon del coche, pero las vacas no se movían. Seguía lloviendo a mares, pero eso a ellas no parecía importarles.

– Baja a espantarlas –me pidió Pacón-, porque las vacas son muy necias y como digan que no se apartan no hay claxon que les haga moverse.

– Ya, ¿Y qué quieres, que me acerque a ellas y se lo pida por favor?

– Abre el portón de atrás y allí encontrarás una guichada y un paraguas, úsalos para arrearlas, o es que ya olvidaste como se hace.

Poco antes de coronar el alto de La Magdalena, el humo que salía por las rendijas del capó produjo en mi una especie de escalofrío;   casi diría una sacudida eléctrica. Con cierta diplomacia para que Pacón no se sintiera ofendido, le pregunté si el radiador no estaría, quizá, necesitado de agua. Sin hacer comentario alguno, al llegar al alto, aparcó el coche a la orilla de la carretera, se bajó y sacando un pequeño bidón de plástico que llevaba en la parte trasera del coche, me lo dio, a la vez que señalando un enorme charco que había en la pradera, me decía que fuera a llenarlo.

Efectivamente, como yo había sugerido, el radiador estaba casi sin agua. Una vez lo hubimos llenado, dejó de salir el humo y sin más contratiempos, continuamos el viaje.

Tengo que reconocer que la carretera, con respecto al viaje anterior, estaba muy mejorada. Por momentos la lluvia arreciaba y el limpiaparabrisas no daba abasto a limpiar el cristal, sin duda porque la goma de los limpias, que ya no limpiaban bien en el viaje anterior, no había sido cambiada. Afortunadamente, cuando llegábamos a Villanueva la lluvia había cesado casi totalmente. Por fin llegamos a Aguasmestas y con gran satisfacción, por mi parte, giramos hacia la derecha para adentrarnos en la carretera del Valle Gordo. Los pueblos, como Pacón había dicho no apreciaban cambio alguno; en cambio, la carretera ya lo creo que había cambiado. Aquella carretera estrecha que discurre a orillas del río y por la que, en mi anterior viaje, difícilmente podían cruzarse dos coches -además de estar llena de baches- nada tenía que ver con la actual, ancha y muy bien pavimentada.

A la entrada de Cirujales –el primer pueblo después de Aguasmestas- busqué con la mirada el otrora pelado chopo sobre cuya copa se asentaba el nido de la cigüeña. A primera vista creí que habían quitado el nido, lo que me causó gran desazón, pero me reconforté al ver que el nido seguía allí y que el motivo por el que costaba verlo era porque el chopo estaba cubierto por un espeso ramaje que lo cubría y que en mi anterior viaje no tenía.

Después de cruzar Villaverde, entre Marzán y Barrio de la Puente, la ladera del monte, a nuestra izquierda, era digna de admirar: Sobre un precioso fondo verde destacaban , aquí y allá, pequeños matorrales de colores múltiples que semejaban un lienzo en el que el pintor, sobre un fondo verde aceituna, hubiera desgranando paletazos con una mezcla de varios óleos y sin simetría alguna. El resultado era de una belleza indescriptible. En ese momento me alegré de que el Land Rover de Pacón circulara casi a la velocidad de un peatón, ya que ello me permitía contemplar con detenimiento aquella belleza.

– Tras dejar Torrecillo a nuestra izquierda, llegamos a Posada. En ese ancestral pueblo, la vista de los viejos corredores de algunas de sus casas con sus carcomidas y ennegrecidas maderas, casi derruidos por el paso de los siglos, solamente con dejar volar un poco la imaginación, bastaría para transportarse a tiempos de la edad media.

Y, por fin, Llegamos a Vegapujín. Sobre el puente que hay a la entrada del pueblo, los chopos que a ambos lados del río parecen hacer de pórtico de entrada, habían conformado una tupida alfombra de amarillentas hojas sobre la calzada a modo de bienvenida.

Lo primero que hicimos fue conducir hasta la entrada de la calle donde se encuentra la cantina de Elda. Aquella fue mi primera decepción. Una zanja abierta en medio de la calle para, al parecer, instalar la traída del agua, cortaba el paso a todo tipo de vehículos. Nos acercamos a pie, pero mi segunda decepción fue comprobar que la cantina estaba cerrada.

Pacón me miró con expresión burlona, al tiempo que me preguntaba :

– ¿Qué hacemos ahora?

– Lo único que podemos hacer –respondí-. Puesto que hoy por ser sábado no están trabajando en estas obras de la traída del agua, dejamos aquí el coche, que no estorba,  y nos vamos andando. El pueblo es pequeño, no llueve y la temperatura es agradable, así que vamos y conocerás el pueblo.

No le hizo demasiada gracia mi respuesta, pero, aunque mascullando palabras ininteligibles, bajó del coche e iniciamos el paseo. Apenas habíamos caminado unos metros se paró diciendo :

  • – Espera un momento, olvidaba cerrar con llave.

– ¿Para qué quieres cerrar con llave ? No vi que metieras nada en el coche, y no supondrás que a alguien se le podía pasar por la imaginación robarlo, a menos que fuera un anticuario –dije mientras soltaba una carcajada-.

No pusimos en camino. El pueblo parecía desierto. Llegamos a la casa donde nació el general laureado. En la pared de la casa seguía la placa en la que se puede leer que allí nació D. Segundo García García, . Pacón la leyó en voz alta. Hizo un gesto, de esos que él hace cuando no comprende algo, a la vez que mirándome, decía:

– Y por ver esta placa hemos venido hasta aquí. Piorno, a ti te falta un tornillo. Oye, ¿Porque dice que era laureado. Pues verás, resulta que en 1.898, estando destacado en Filipinas como sargento y dando escolta   un numeroso convoy compuesto en su mayoría por civiles y heridos que se dirigían a Manila, en el trayecto fueron atacados por un numeroso contingente de rebeldes tagalos, a los que hizo frente solo con el apoyo de cuatro soldados a sus órdenes. Con esta notoria desproporción de fuerzas y tan escasos recursos militares, consiguió rechazar a los numerosos rebeldes filipinos gracias a la determinación y el acierto de su estrategia, causando importantes bajas al enemigo, sufriendo él mismo importantes heridas y solo la pérdida de un soldado. Por esta increíble acción fue condecorado con la Cruz laureada de San Fernando, máxima condecoración militar en España, convirtiéndose a la vez en Caballero cubierto ante el Rey.

– ¿Lo comprendes ahora? En cuanto a lo del tornillo, no te digo que no tengas parte de razón, pero no vinimos solamente por leer el contenido de esa placa. ¿No sientes curiosidad, por ejemplo, al pensar cómo, en aquellos tiempos, reaccionarían sus padres, unos humildes labradores, cuando su hijo les dijo que quería incorporarse al ejército? Yo me lo imagino de niño correteando por esta calle que, en aquel entonces, sería un camino de tierra, y eso me lleva a pensar en mi mismo y en mis infantiles sueños sobre lo que yo quería ser de mayor; la realidad, para bien o para mal, no se parece en nada a aquellos sueños.

Mientras caminábamos, ensimismado en mis propios pensamientos, casi sin darme cuenta, ante nuestros ojos, altivo y erguido cual gigantesco Polifemo apareció el alerce –El pino de la Viliella-, nombre por el que los vecinos del pueblo lo conocen, por estar en el barrio que lleva ese nombre. Caminando sobre la húmeda hierba del camino llegamos al puente que cruza el río y desde el cual se contempla ese hermoso ejemplar que, un día, hace ya muchos años, un muchacho llamado Manolo, por indicación del General D. Segundo, plantó.

El tronco, hasta sus primeras ramas, está aprisionado por enredaderas que se aferran a él como si temieran que fuera a marcharse. Años atrás, Fernando Moreno Bardón, aunque no fuera regularmente, viajaba desde Sevilla -ciudad en la que actualmente vive- a Vegapujín y se encargaba personalmente de cortar aquellas lianas que amenazaban con estrangularlo y, dado que el alerce está plantado en terreno de su propiedad, es normal que él se encargara de tal menester. Ahora, como nos sucede a todos, los años van pasando, casi sin darnos cuenta nos hacemos viejos y cada día que transcurre, ya sea por motivos de salud física -que también- o quizá por motivos sentimentales, se nos hace más y más difícil, cada día,  viajar al lugar donde transcurrió nuestra infancia, pues ello nos trae recuerdos de lo felices que fuimos al lado de nuestros seres queridos; especialmente, de nuestros padres y  de nuestros abuelos y, casi sin querer reconocerlo, nos buscamos mil y una disculpa para no viajar hacia nuestros orígenes, porque tememos que en aquella casa -hoy vacía, cerrada y casi derruida-, o tal vez en aquel corral por el que de niños correteábamos, cuyas baldosas, hoy, están cubiertas por la hierba que entre ellas a crecido, podamos tropezarnos con nuestra perdida niñez que, irremisiblemente, ya nunca volverá. Sea por lo que fuere, Fernando hace años no viaja a Vegapujín para cortar las lianas que aprisionan el tronco del alerce.

Ahora, puesto que el alerce de Vegapujín, según tengo entendido, ha sido declarado de interés regional por la diputación  de León, debería ser este organismo quien se encargara de cortar esas lianas.

Desde ese puente, bajo el cual discurren las aguas   en las que, otrora, mi entrañable amigo Fernando Moreno Bardón contemplaba ensimismado el zigzagueo de las truchas de lomo rosado salpicado de pintas amarillas, se contempla el alerce en todo su esplendor.

Devuelta a la carretera, con el ánimo un tanto entristecido al pensar que nadie, en ausencia de Fernando se haya molestado en cortar las enredaderas que aprisionan el tronco del alerce, nos encontramos con la señora Maruja Fernández Rubio, que vive justo frente a la casa que fuera de los abuelos de mi amigo Fernando. La señora Maruja es una mujer encantadora. Al verme –Pacón se había quedado algo retrasado- me preguntó si había venido a hacer fotografías al árbol. Sin darme tiempo a responder, me dijo:
– Aquí viene mucha gente a fotografiar el pino. Vienen hasta del extranjero. ¿Viene usted de lejos ?

– No –respondí-, aunque vivo en Madrid, ahora vengo de Laciana.

– De Laciana -repitió como si fuera el eco de mi voz- Yo tengo un primo en Villablino, se llama Julio Álvarez Ruibio ¿Lo conoce usted ?

– Claro que lo conozco. Es un escritor muy bueno y muy querido en Laciana. He leído varios de sus libros y me gusta como escribe.

Maruja, a sus 78 años de edad tiene una memoria privilegiada. Es amble y no se recata en contestar a todo lo que se le pregunta, incluso a lo que no se le pregunta. A toda costa quería invitarme a pasar a su casa para tomar un café y comer unas pastas, aún sin conocerme de nada. Como le dijera que tenía prisa me pidió que esperara un poco para que conociera a su marido Colomán, que estaría al llegar, aunque creo que lo que en realidad quería era seguir hablando. Maruja es una de esas personas, ya de edad avanzada que, en los pueblos de la montaña, se pasan los días si poder hablara con nadie y que, por ello, necesitan alguien para conversar. Cuando le pregunté el porqué de que la cantina estuviera cerrada, me dijo que con las obras de la traída del agua, esos días, casi no entraba nadie y que, en vista de lo cual, Elda se había ido a una excursión del Inserso. Me comentó que este verano, incluso de Argentina habían venido a fotografiar el pino de la Viliella.Tras una pequeña pausa seguida de mi negativa a pasar a tomar un café, quizá temiendo que la conversación hubiera llegado a su fin, me preguntó :

– ¿Sabe usted quién plantó el árbol ?

– Sí –respondí- lo sé porque me lo contó un amigo llamado Fernando Moreno Bardón, que es nieto de Manolo, el que lo plantó.

– ¿Conoce usted a Fernando ? Yo tengo mucha amistad con él y con su hermana –me dijo-. ¿Suele hablar usted con él ?

– Sí, de vez en cuando, pero por teléfono. En persona hace algunos años que no lo hago, pero por teléfono de vez en cuando.

– Yo, además de vecina, también tengo mucha amistad con él y con su hermana, que vive en León, como mi hija –apuntilló-. Pues cuando hable usted con él pregúntele si ya se olvidó del pueblo y del barrio de La Viliella, porque hace años que no viene por aquí.

– Tenga por seguro que se enterará de lo que me cuenta, porque esta conversación la escribiré en mi blog y él lo leerá.

  • – Y eso del blog ¿Dónde sale? ¿Puedo leerlo yo?
  • – Sale en Internet -respondí-.

–   En este pueblo no tenemos conexión a Internet, pero tengo una hija que vive en León y ella si puede leerlo.

  • En ese caso, ahora le anoto la dirección del blog para que se la dé a su hija cuando venga a verla.
  • – Pero, de verdad no quiere pasar y tomar un café –insistió-.
  • – Gracias, Señora  Maruja. Hoy no puedo pero tal vez en otra ocasión. Pero quisiera preguntarle algo. Antes me contaba usted que este verano habían venido de Argentina a fotografiar el alerce ¿Cómo lo sabe? ¿Es que habló usted con esa gente?
  • – No -me respondió-, pero una vecina del pueblo si habló con ellos y me dijo que era un matrimonio y que la señora se llamaba Tere y que su abuela había nacido en Vegapujín.
  • Pues, señora Maruja, voy a decirle algo. Esa señora llamada María Teresa, efectivamente es nieta de una mujer nacida en Vegapujín, aunque ella nació en Argentina. Su marido se llama Enrique y es notario. Tienen una hija que se llama Mercedes y que es una excelente pintora. Ella también pinta muy bien, aunque no llega al nivel de su hija. Son amigos míos. Este verano estuve con ellos en Madrid y me dijeron que visitarían Vegapujin, pues ella, aunque nacida en Argentina adora esta tierra y siempre que vienen a España se pasan por aquí.  Son unas personas encantadoras.

A punto estuve de claudicar y pasar a tomar un café, pues ya me parecía descortés no hacerlo, después de tanta insistencia por su parte. Me salvó que en ese momento llegó Pacón y pude despedirme, aunque prometiendo que volvería otro día con más tiempo y tomaríamos café.

– Bueno –dijo con gesto de resiganción-, a ver si viene otro día y trae con usted a Fernando.

De regreso a Villablino, mientras me adormecía ayudado por el ronroneo del motor del viejo Land Rover, pensaba en las palabras de Pacón : « ¿Qué tiene ese pueblo para que quieras volver ? ». Y, efectivamente, yo también me lo preguntaba. Terminaba de estar allí y ya me preguntaba cuándo volvería. Cerré mis pensamientos recordando la cita del filósofo francés Pascal « Tiene el corazón razones que la razón desconoce »

 

 

4 thoughts on “HE VUELTO A VEGAPUJIN

  1. Hola Piorno!!!! Que relato fantástico!!! Me encantó!!!! Como vives cada secuencia….yo creo que por lo que cuentas yo viajé con ustedes con la imaginación en ese viejo vehículo… me emocioné y recordé cada rincón de ese querido pueblito…Gracias por acordarte de nosotros!!! Con nuestros amigos la familia Alvarez de Vegapijín hicimos una larga caminata pasando por todos esos lugares tomando fotos y disfrutando cada momento del otoño con tan coloridos matices que no olvidaré. Es muy cierto lo tu dices Tiene el corazón razones que la razón desconoce…Si Díos quiere algún día volveré!!!! De no ser así espero que tu y tu amigo hagan otro viaje y me cuenten como va todo por allí… Un abrazo grande y no dejes nunca de escribir estos relatos que son un respiro para el alma.

  2. Querido amigo Piorno, el relato del viaje en compañía de tu amigo Pacón y el incomparable y destartalado Land Rover a mi recordado Vegapujin, me ha producido sentimientos encontrados, unos de recuerdos imborrables de mi niñez y otros de una cierta culpabilidad por estar ausente de aquellas tierras ya tanto tiempo. Tú sabes querido Piorno los motivos por los que no soy asiduo visitante de aquel pueblin, que de una manera definitiva marco mi vida. Sus tierras y sus personas me enseñaron a saber sufrir con rigor los avatares de la vida, y no cejar nunca en el empeño de salir adelante con honesta voluntad de superación. Un buen ejemplo bien puede ser de lo que digo, el General Laureado que mencionas D. Segundo García García, hermano de mi recordada y querida abuela María y por lo tanto tío abuelo mío.
    Esta familia humilde, pobre si se quiere de riquezas materiales, pertenecía a un linaje conocido como los “mairazos” deformación de “mayorazgos” y de origen hidalgo.
    A esta rama familiar de nobles luchadores pertenecía el General D. Segundo García, que siendo ya un joven oficial laureado y con muy pocos recursos, siguió estudiando para terminar el bachiller y posteriormente ingresar en la Universidad Central de Madrid – la Facultad de Derecho- donde obtuvo la licenciatura en leyes.
    Siguiendo con tu magnifico relato, y después de superar los problemas propios y yo “creo que esperados” del Land Rover, relatas magistralmente el impacto visual que el viajero percibe al entrar en el Valle Gordo, donde la naturaleza nos muestra su origen eterno y hermoso. Solo ha cambiado, que donde discurría y a duras penas pasaba un carro tirado por dos vacas, hoy existe una carretera que sin problemas puede circular un Land Rover u otro vehículo menos apropiado.
    Llegando al final de tu relato nos encontramos con el famoso Pino de la Viliella, el alerce que mando plantar aquel General Laureado cuando todo el mundo decía que en esas latitudes jamás crecería un alerce. No solamente ha crecido uno, sino que fueron dos, pero eso es ya otra historia.
    Es cierto estimado amigo, que en mi última visita a Vegapujin, contemple con dolor las profundas cicatrices que producían a nuestro querido alerce las enredaderas que lo presionaban. Una vez liberado de ellas, su altísima copa se agitó agradecida unos instantes con un movimiento singular de hermosa armonía.
    Gracias amigo mio por dar vida a mis recuerdos.
    nano 35

  3. Amigo Fernando,

    Si el sencillo relato de mi viaje a Vegapujín ha ido tan lejos como para hacerte regresar, mentalmente, a los tiempos de tu niñez, amigo mío, me considero muy bien pagado. En cuanto a lo que comentas sobre los recuerdos de culpabilidad por no haber ido últimamente por el pueblo, permíteme decirte que llegamos a unas edades en las que no nos está permitido hacer todo lo que quisiéramos, así que no debemos culparnos por haber nacido hace muchos años; antes bien, debemos sentirnos dichosos por haber sido capaces de recorrer tan largo camino. De todos modos no descarto la posibilidad de que un día cualquiera, cuando uno menos se lo piense, podamos recorrer juntos por las calles de Vegapujín, tomar un café en la cantina de Elda, visitar a la señora Maruja y, después de haber liberado al alerce de las lianas, pararnos en el puente y, con algo de suerte, contemplar las truchas de lomo dorado.
    Un abrazo
    Piorno

  4. Mi buena amiga Tere,

    Gracias por tus bonitas palabras. No sólo eres una excelente pintora, sino que, además, como diría un mejicano, escribes muy lindo.
    Espero que un día, no muy lejano, porque el tiempo no se detiene, podamos hacer ese viaje a bordo del viejo Land Rover. Sabes, el Land Rover es lo suficientemente grande y espacioso como para que además de Pacón y yo, pudierais entrar tú, Enrique y Mercedes; y, créeme, Pacón se sentiría muy orgulloso de llevar tan ilustres pasajeros; posiblemente, hasta estaría dispuesto a lavarlo y perfumarlo.

    Un abrazo
    Piorno

    PD.: Una preciosa acuarela, la que me regaló Mercedes, cuelga enmarcada en la pared de mi pequeña “cueva” –como yo la llamo- donde me encierro a escribir, cuando dispongo de tiempo.

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