LA SINRAZÓN Y EL FANATISMO

Aquella mañana, a principio de Octubre de 1983, como raras veces sucede en los meses de otoño en Irún, un hermoso cielo azul, sin el menor síntoma de nubes, invitaba a salir a la calle y, paseando lentamente, como hacían la mayoría de los viandantes que caminaban por las calles de la ciudad, dejarse acariciar por los rayos de un tenue, pero agradable sol.

En el barrio de Anaka, a eso de las 11:00 h., en un polígono industrial donde, en buena parte, se habían instalado las principales empresas de transporte de Irún, frente a la entrada de la puerta principal de la empresa NARTRANSIL, S.A., frente a uno de los aparcamientos reservados para la dirección, dos hombres, de aspecto un tanto extraño, observaban, desde hacía varios minutos, un MERCEDES 220 que allí se hallaba aparcado. En el dintel de la puerta del almacén, a pocos metros de la entrada principal, un empleado -el encargado del almacén-, que no había apartado la vista de los dos sujetos, viendo que seguían observando el automóvil, se dirigió a ellos, preguntando:

– ¿Están esperando ustedes a alguna persona de la empresa?

– Queríamos hablar con el director –respondió uno, con no muy buenos modales, mientras se atusaba una negra y espesa barba que cubría todo su rostro.

– ¿Tenían ustedes cita con él? –insistió el encargado- ¿Están buscando trabajo? Se lo digo, porque si es así, será mejor que vuelvan otro día, después de que llamen a su secretaría y les concierte una entrevista con el director. Hoy está reunido con unos señores extranjeros y, por lo tanto, dudo que pueda atenderles, en todo el día.

Los dos individuos, después de cambiar entre ellos unas palabras en vascuence, dijeron al encargado que volverían otro día, y sin siquiera despedirse, dieron media vuelta y se marcharon.

Apenas se habían perdido tras unos locales, algo más abajo, el encargado entró en el almacén, descolgó el auricular del teléfono interno, marcó dos dígitos y esperó. Al cabo de unos segundos, con voz un tanto tenue, dijo:

– Don Ricardo, acaban de marchar dos hombres, con bastante mala pinta, que me preguntaron por usted. Siguiendo sus instrucciones, les dije que estaba usted reunido con unos extranjeros.

– Gracias José –así se llamaba el encargado-, les estaba yo vigilando por la ventana. Dile a uno de los chicos que se dé una vuelta por el polígono para ver si aún siguen por ahí o si, ciertamente, se han ido.

José, asintió y, acto seguido llamó a uno de los mozos de almacén instándole a realizar el cometido. Como quiera que, al cabo de unos 20 minutos, volviera el mozo diciendo que no había visto a nadie que respondiera a la descripción que le había dado el encargado, éste llamó nuevamente al jefe para comunicárselo.

No sin antes mirar un par de veces desde el ventanal del primer piso, donde se encontraba el despacho de Ricardo Ceol –gerente y socio mayoritario de la empresa-, éste recorrió el pasillo que llevaba a la escalera, descendió hasta la puerta de salida y, antes de salir, entreabrió la puerta y miró hacia donde se encontraba su automóvil. No parece que haya moros en la costa –pensó- y, moviéndose con rapidez, alcanzó la portezuela del coche. Una vez dentro, y a la vez que ponía el motor en marcha, encendió un cigarrillo, introdujo la marcha atrás, salió del aparcamiento y enfiló dirección a la Avenida de Guipúzcoa, desde donde accedería al paseo de Colón, y desde allí a la Avenida de Navarra, al final de la cual se encontraba el puesto fronterizo de Behobia, por donde saldría para dirigirse a Bayona, ciudad donde se encontraba el bar en el cual, según le había indicado la E.T.A., en la primera de las cartas, la que había recibido hacia mes y medio, debería presentarse. Sin embargo, cuando llegó al cruce con la avenida de Francia, cambió de idea; no saldría por el puesto de Behobia, Lo haría por el del puente de Santiago, y en vez de incorporarse a la carretera del interior, lo haría por la de la costa. Echó una ojeada al reloj: las 11:25 h. La cita era a las 13:00 h. Sobra mucho tiempo –pensó.

El que cruzara la frontera por el paso de Hendaya y no por el de Behobia, como en un principio había pensado, se debía a que, de pronto, había recordado que en aquella aduana estaba de servicio un guardia con el que él mantenía una buena relación y, consecuentemente, sabía que le dejaría pasar sin hacerle pregunta alguna. Desde su posición en la cola, observó que el guardia que estaba pidiendo los pasaportes no era su conocido. Poco a poco avanzaba la cola, y para su desesperación, el guardia que él conocía no aparecía. Solamente un vehículo le separaba ya del guardia. Llevó la mano al bolsillo interior de la americana para coger el pasaporte, y en este gesto, su mano se posó sobre el corazón que, más que latir, parecía querer salirse del pecho. Tranquilízate Ricardo –se dijo. Es imprescindible que el guardia no advierta nada; podría pedirte que abrieras el maletero del coche y, de igual modo, pedirte que abrieras el maletín, en cuyo caso, encontraría los cinco millones de pesetas que iban dentro. Cuando el coche precedente arrancó, el nerviosismo empezaba a tomar tintes trágicos. De pronto el cielo se le abrió: de la oficina, justo cuando estaba abriendo la ventanilla del coche, el capitán de la guardia civil, íntimo amigo suyo, además de paisano, salió a la calle y al ver su coche se acercó a la ventanilla, con gesto sonriente, para saludarle.

Pocos minutos más tarde, después de haber cruzado sin problemas el puesto fronterizo, tal y como había previsto, se encontró conduciendo por la calle principal de Hendaya, en dirección a la carretera de la costa. La soleada mañana invitaba a contemplar el paisaje marino. Además, no era conveniente llegar muy pronto y, menos aún, deambular por las calles de Bayona con cinco millones de pesetas en un maletín. El demonio se las pinta solo para enredar las cosas –se dijo.

Mientras conducía en dirección a Bayona, mil y un pensamiento se agolpaban, cual potros desbocados, en su cerebro: aquella primera misiva conminándole a entregar quince millones de pesetas en el plazo máximo de dos semanas, y las amenazas de muerte si no cumplía con lo exigido… Esta segunda carta, cuando empezaba a creer que se habían olvidado de él… ¿Qué pasaría? ¿Se conformarían con los cinco millones que les llevaba? ¿Había hecho bien con la determinación que había tomado? ¿No hubiera sido más inteligente hacer caso a los consejos de su buen amigo Josetxo Arrizabalaga? Los consejos de Josetxo retumbaban, una y otra vez en su cerebro: “Coge a tu mujer y a tus hijas y márchate a Madrid, Allí, desde tu delegación, podrás seguir controlando el negocio, y, en cualquier caso, si no pudieras, siempre será preferible perderlo a que te peguen tres tiros. Recuerda lo que le pasó a Txema Arbeloa”. Cómo olvidarlo –se dijo. Aquel cuadro no podría sacárselo del cerebro mientras viviera.

Sus pensamientos volaron hacia unos meses atrás. Hacia una mañana en que la lluvia estaba convirtiendo las calles de Irún en verdaderos ríos. A las 13:30 h., como casi todos los días, Antonio González, un leonés de Santa Olaja de Eslonza, fornido como un roble -mecánico de profesión y auto patrono-, Josetxo Arrizabalaga –agente de aduanas-, Txema Arbeloa –anticuario- y Ricardo Ceol –empresario del transporte-, se reunían en la cafetería El Xirimiri, situada en pleno centro del paseo de Colón, para tomar el vermú antes de ir a comer y, como cada día, charlar un poco de temas intrascendentes, tales como el fútbol, el frontón o la Sociedad, por ejemplo, lo que les servía para olvidarse –ya fuera sólo momentáneamente- de los graves problemas económicos y sociales por los que sus respectivas empresas, en aquellos tiempos, estaban pasando. A la charla, con cierta frecuencia, solía incorporarse –siempre con el vaso de vermú en la mano- Antxón Toledo, director del Banco Santander, contiguo a la cafetería. Aquella mañana, cosa rara en él, Txema Arbeloa se retrasaba.

El paseo de Colón, en su parte más céntrica, se comunica con la calle Luis Mariano, que está a su espalda, y a la que se puede acceder a través de una pequeña galería comercial. La cafetería Xirimiri estaba separada de la entrada a la galería, únicamente, por una pequeña tienda de ropa de moda para caballeros, llamada Rapha’s. La tienda de antigüedades de Txema Arbeloa, estaba hacia el centro de la galería comercial. La distancia desde El Xirimiri hasta la tienda de antigüedades de Txema, probablemente, no superaba los 30 metros.

Después de un pequeño sorbo de vermú, Antonio, que vivía en la calla Luis Mariano, y que para ir a su casa cruzaba siempre la galería, comentó: “En días de lluvia, raro es el día que Txema, cuando paso a comer, no tiene algún cliente en la tienda, pero según me ha comentado en más de una ocasión, son esos clientes que van fisgonear, y que mientras hacen tiempo para que llegue la hora de la comida, se resguardan de la lluvia, y que, salvo en contadas ocasiones, nunca compran nada”. Ricardo miró, el reloj. Voy a buscar a Txema –dijo-, porque yo tengo que ir a comer a Donosti y se me hace tarde. Salió de la cafetería –seguía lloviendo con ganas-, dobló la esquina de Rapha’s, entró en la galería, llegó frente a la tienda de su amigo, echó un vistazo a letrero que colgaba de la puerta –lo hacía siempre que pasaba por allí- en el que podía leerse: Antigüedades Arbeloa. Empujó la puerta y entró. En ese momento Txema, enfundado en una gabardina azul, se inclinaba hacia un paragüero y, al oír la puerta, levantó la cabeza. Ya estoy listo, cierro y nos vamos –dijo al ver a Ricardo. Levantó una trampilla del mostrador para salir, justo en el momento en el que un hombre, vestido con una negra gabardina que le llegaba hasta los pies, entró cerrando la puerta tras de sí. Se detuvo delante del mostrador y, con un tono que a mí me heló la sangre en las venas, dirigiéndose a Txema dijo:

– Espere un momento.

– Lo siento, pero ya he cerrado –dijo Txema.

No hubo más palabras. De pronto aquel hombre abrió la gabardina, sacó una escopeta de cañones recortados y, a boca jarro, con gran rapidez, descerrajó un disparo en la cabeza de Txema. Ricardo, que no creía real lo sucedido, volvió a la realidad al sentir cómo la sangre de Txema salpicaba su rostro. Cuando pudo reaccionar, el hombre ya se había marchado y Txema yacía en el suelo, con la cabeza destrozada, bañándose en su propia sangre.

Con estos terribles recuerdos atormentando su mente y casi sin percatarse de ello, las primeras casas de Bayona aparecieron ante su vista. Por espacio de unos segundos, y hasta que su mente pudo desbloquearse, aunque conocía la ciudad como la palma de su mano, era incapaz de saber dónde se encontraba. Como un autómata había cruzado San Juan de Luz y Biarritz sin percatarse de ello. El claxon de un coche que circulaba tras él, obró el milagro de devolverle a la realidad. Llegó al Carrefour y se introdujo en el parking. Desde el parking, con el maletín en la mano, echó a andar camino del bar donde había sido citado. Cuando entró en el bar, varios clientes, sentados a las mesas, bebían y charlaban en voz más alta de lo que los franceses suelen hacer. Aquí sólo hay españoles –pensó. Se acercó a la barra y un camarero, en correcto español, aunque con acento francés, le preguntó.

– ¿Qué desea?

– ¿Está el señor René?

– Espere un momento, por favor –respondió.

Acto seguido descolgó un teléfono, y sin quitarle la vista de encima, dijo: “Hallo! René, ici il y à quelqu’un qui demande par toi”.

Colgó el teléfono. Mientras, con indeferencia, decía a Ricardo que esperase un momento. Acto seguido le preguntó si quería tomar algo, mientras esperaba.

– Póngame un pernaud –le dijo.

Le miró extrañado, mientras le preguntaba si lo quería con agua de botella o del grifo.

– Seco, por favor –respondió Ricardo, sin desviar la mirada.

– ¡Seco! Etes-vous sûr? –exclamó, mezclando de pronto el español y el francés-. ¿Ha probado usted el pernaud alguna vez?

Ne vous inquiétez pas, je sais ce que je fais –respondió Ricardo.

Algo iba a responder el camarero, pero sus palabras se cortaron al abrirse una puerta y aparecer un hombre que, sin mediar saludo alguno, se dirigió a Ricardo. Al llegar a su lado, con una mirada fría y penetrante capaz de helar la sangre al más templado, preguntó: ¿es usted Ricardo Ceol? Ante un signo afirmativo de Ricardo, con la cabeza, dijo con tono seco: sígame. Ricardo apuró de un trago lo que aún quedaba en su copa. Un súbito calor acudió a su rostro. Ciertamente, aquella bebida era fuerte, muy fuerte. Él creía que nada había más fuerte que el ron, al que él se había aficionado en sus tiempos de marinero, pero aquel pernaud… El hombre que había venido a buscarle, le dirigió una mirada, entre extrañado e incrédulo. Es la primera vez que veo a alguien beber pernaud seco –dijo. Se adentraron en un angosto y oscuro pasillo, al final del cual, tras abrir una puerta, una escalera de caracol les condujo hasta una especie de sótano al que los recaudadores de ETA, de forma irónica, llamaban oficina de recaudación. Al fondo de aquel improvisado despacho, sentado, tras una mugrienta mesa de madera, se encontraba el que, aparentemente, iba a ejercer de recaudador. Siéntese -le dijo- con tono áspero. Obedeció Ricardo. El que le había conducido hasta allí, permaneció en pie tras él.

El ambiente era irrespirable. Aquella estancia no tenía ventilación de ninguna clase. Una bombilla colgando de un cable era toda la luz que allí había. Sobre la mesa, dos ceniceros repletos de colillas, completaban el dantesco cuadro que, sin duda, estaba preparado de forma intencionada para minar la moral del visitante. Puede que también estuviera ideado para que, si de improviso llegaba la policía, nada pudiera encontrar allí. El fuerte olor a tabaco, sumado a los efectos que el pernaud empezaba a producir en Ricardo, estaba impidiendo que pudiera concentrarse en lo que tenía pensado decir. Entre tanto, el hombre sentado frente a él, había sacado unas cartulinas que, aparentemente, parecían fichas bancarias, y se entretenía ojeándolas, lo que sin duda habría hecho ya antes de llegar él. De pronto, levantó la cabeza y, sin contemplaciones, preguntó:

– ¿Ha traído usted los quince millones?

Tardó Ricardo unos segundos en responder. Estaba algo aturdido y no sabía cómo empezar. Posó el maletín sobre la mesa, lo abrió y dijo:

– Esto es todo lo que he podido conseguir: cinco millones.

– Veamos –dijo el recaudador frunciendo el ceño en un claro gesto de contrariedad-, le dimos a usted dos semanas de plazo para pagar quince millones de pesetas, hace usted caso omiso a nuestra advertencia, y, después de una segunda llamada al orden, mes y medio más tarde, tiene usted la desfachatez de presentarse aquí con la tercera parte –la última frase la acompañó con un manotazo en la mesa, haciendo que uno de los ceniceros volara por los aires y buena parte de las colillas y la ceniza fuera a parar a los pantalones de Ricardo. ¿Por quién nos ha tomado? Continuó.

– Es todo lo que he podido conseguir. Ustedes saben de sobra cómo está la situación económica en estos días.

– No me cuente milongas –le interrumpió su interlocutor-, no se lo consiento. Mire esto –dijo mientras le mostraba las fichas que minutos antes había ojeado. Es la cuenta corriente de su empresa en el Banco Exterior de Irún. Según estas fichas tiene usted bastante más dinero del que le pedimos.

– Perdone –interrumpió Ricardo, envalentonado por los efectos del pernaud-, esas fichas no dicen lo que yo tengo que pagar a final de mes. Lo que hay ahí no llega al 30% del monto que necesito para pagar a proveedores, nóminas y seguros sociales, dentro de unos días. Además, si en vez de fotocopias tuviera usted los originales, vería las cifras en rojo. Vería las devoluciones de los efectos impagados por los clientes y vería también los gastos de devolución que ascienden al 28% del principal; por no hablar de los fallidos.

El hombre que continuaba de pie a su espalda y del que Ricardo se había olvidado, pues no había abierto la boca hasta entonces, de pronto, se puso a su lado para, con voz serena, pero fría como un témpano, decir:

– Por este camino veo que no vamos a parte ninguna. Todo eso que nos cuenta es su problema. Usted paga los seguros sociales y los impuestos al estado español, a pesar que su empresa está ubicada en Euskadi, así que igual que paga a un estado extranjero, tiene usted la obligación de pagar los impuestos al estado libre de Euskadi. Escuche bien lo que voy a decirle, y escúchelo bien, porque no se lo voy a repetir: Tiene usted una semana de plazo para volver aquí con los diez millones que faltan. En caso contrario –dijo, sacando una pistola del cinto y colocándole el cañón en la sien-, esto es lo que le sucederá. Bamm, bamm, hizo imitando el ruido de dos disparos con la boca. ¿Le ha quedado suficientemente claro?

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Ricardo, aunque no movió un solo músculo del rostro; no quería mostrar debilidad, sino todo lo contrario. Giró la cabeza, con su mano derecha apartó suavemente el cañón del arma, miró fijamente a los ojos al etarra, se levantó y, después de unos segundos, acertó a decir:

– Perfectamente claro.

Cuando Ricardo llegó al parking del Carrefour, y cuando tras abrir la portezuela del coche, pudo sentarse, una fuerte sacudida eléctrica convulsionó todo su cuerpo. La tensión que había acumulado teniendo que disimular su miedo durante la entrevista, ahora, al sentirse fuera de peligro, se había transformado en una momentánea relajación que le había dejado inerme y sin fuerza, siquiera para arrancar el motor del coche. Hubo de recostarse en el asiento y esperar unos minutos hasta que sus nervios volvieron a su estado normal. Él había vivido situaciones difíciles, tanto en su adolescencia, cuando, sin siquiera haber cumplido los 18 años, para poder sustentar a su familia, se había visto obligado a emigrar al extranjero, como en su época de marinero, pero aquello lo superaba. Era la primera vez que le ponían el cañón de una pistola en la cabeza y, aunque estaba muy familiarizado con las armas, tanto las cortas como las largas, había sentido un miedo atroz.   Recordaba unas palabras de Manfred Fuchs, capitán del buque Erstborg, tras una dura lucha con una terrible tormenta, en una noche oscura y aciaga, cuando navegaban frente al archipiélago de las Islas Feroe, y durante la cual una ola descomunal había arrojado al mar a un marinero, sin que pudiera ser rescatado. Probablemente el capitán Fuchs, habiendo advertido el pánico en su rostro, le había dicho: “Muchacho, el miedo es un sentimiento innato al ser humano. La diferencia entre ser o no ser un cobarde, estriba tan sólo en saber o no saber dominarlo”. Hoy, sin lugar a dudas, él, aunque con la ayuda del pernaud, había sabido dominar el miedo, pero ¿serviría ello de algo?

Tres largas semanas habían transcurrido ya desde aquel día en que Ricardo Ceol había visitado la cueva –aquel cuchitril no merecía otro nombre- de los recaudadores de E.T.A. en Bayona, como ellos gustaban de denominarse. Desde entonces, y por no haber seguido las instrucciones de la banda, era consciente del riesgo que estaba corriendo y, precisamente por eso, había tomado todo tipo de precauciones. La primera, cada mañana, antes de abrir la portezuela del coche, en el garaje, era agacharse y mirar si veía algo sospechoso adherido a los bajos. A continuación, una vez dentro del vehículo, era mirar en todo el interior y, sobre todo, bajo los asientos y encima de los pedales. Hecha esa revisión, abría el capó y el maletero para hacer lo mismo. El trayecto entre su casa, en Bidebieta I, y la oficina de Irún y viceversa, nunca lo realizaba por la misma ruta. A veces tomaba la carretera de Lezo hasta el alto de Gantxurizketa; otras, desde Lezo, subía hasta el alto de Jaizkibel para bajar a Fuenterrabía y desde allí, tomando la carretera de Jaizubía, entrar en el barrio de Anaka, donde su empresa estaba ubicada; a veces retrocedía hasta San Sebastián para tomar la carretera de Oyarzun; incluso, en ocasiones, daba un gran rodeo por Hernani. Se trataba de dar el mínimo de facilidades a los etarras. A pesar de todas las precauciones, a veces, aún sin ver a nadie, se sentía vigilado. Si bien, quizá para tranquilizarse, se decía que eran figuraciones suyas.

El 31 de octubre, por ser final de mes, Ricardo salió de la oficina más tarde de lo habitual, bajó al taller de la empresa donde reparaban los camiones. Desde su visita a Bayona nunca aparcaba el coche en la plaza que tenía reservada delante de la oficina, sino que lo aparcaba en el taller. El local estaba situado bajo el almacén, con entrada por la parte posterior del edificio. Fermín Alonso, el jefe de taller, un mocetón nacido en Vega de Espinareda, que además de empleado de la empresa, era buen amigo de Ricardo, y conocedor del problema, se acercó para preguntarle si quería que le llevara a casa en su coche. Ricardo hizo un gesto negativo con la cabeza. No estaba de humor para hablar. Se limitó a decir: hasta mañana Fermín. Había tenido un día de perros. Toda la mañana había transcurrido de reuniones con varios directores de Bancos para conseguir un crédito, a corto plazo, que le permitiera poder hacer frente a los pagos de final de mes, y aunque lo había conseguido, el pensar cómo podría devolverlo, en tan sólo 30 días, le había dejado sin fuerzas.

Arrancó el coche, encendió las luces –ya era noche cerrada, aunque un cielo carente de nubes y una enorme luna llena iluminaban el paisaje- y como un autómata, enfiló hacia la carretera de San Sebastián. Tan aturdido estaba que ni siquiera pensó por dónde convendría ir. Cuando inició la subida a Gantxurizketa se dijo que lo mejor sería ir por Lezo. En ese momento no pensaba en las amenazas de E.T.A, Su pensamiento no podía apartarse del compromiso que había tenido que adquirir con uno de los Bancos para conseguir un crédito a 30 días; crédito necesario para poder atender a todos los pagos de final de mes. Los malditos etarras –se dijo-, aquellos que le habían mostrado la fotocopia de la ficha de su cuenta en uno de los bancos, deberían haber estado allí con él para ver la realidad. Con estos pensamientos retumbando en su cerebro, coronó el alto de Gantxurizketa, puso la intermitencia a la derecha y tomó la carretera de Lezo. Apenas si había recorrido 200 metros cuando una ráfaga de metralleta rompió el silencio de la noche. Ocultos entre unos arbustos en la orilla izquierda de la carretera, dos encapuchados le habían disparado al pasar. Un ruido espantoso se produjo al romperse los cristales de las ventanillas traseras del coche. No pensó en nada, su única reacción fue pisar el acelerador a fondo y salir huyendo, al tiempo que echando un vistazo al retrovisor para ver si le seguían, aún tuvo tiempo de ver a los dos encapuchados que, saliendo al centro de la calzada, seguían disparando. Un par de veces dirigió la vista al retrovisor, pero ningún coche circulaba tras él. Aquella carretera tenía muy poco tránsito y, hasta llegar a Lezo, no se encontró con ningún otro vehículo, en ninguno de los sentidos. Al entrar en el pueblo lo que sí vio, gracias al alumbrado público, es que, además de los cristales de las ventanillas, también el cristal trasero había sido destrozado por las balas. Sin parar a mirar nada más, continuó hasta entrar en el garaje de su casa.

Entró en el garaje, apagó el motor y, durante un par de minutos, se quedó sentado sin poder reaccionar. No se ponía de pie porque temía que las piernas no pudieran sostener su cuerpo. Cuando consiguió salir del coche, lo que pudo ver le aterró: además del destrozo de cristales, varios orificios de bala en la carrocería mostraban que las amenazas que le habían hecho no eran baldías. De pronto vio algo que le produjo algo así como una sacudida eléctrica en todo el cuerpo: en el travesaño que sirve de marco para el cierre de la puerta delantera y donde se sujetan las bisagras de la puerta trasera, justo a la altura de la cabeza, se había incrustado una bala que, por suerte, no había traspasado el bastidor, pues de haberlo conseguido, él estaría muerto.

Ahora se presentaba otro problema: su mujer, ajena a todos sus problemas –nunca quiso comentarle nada, para no preocuparla-, cómo reaccionaría si se lo contaba. No, decididamente, ella no debería enterarse. Llamó a Fermín Alonso y le dio instrucciones al respecto. A la mañana siguiente, debería venir a recogerle con un coche de la empresa, el que a partir de entonces utilizaría mientras reparaban el suyo. Pediría a Fermín que se lo llevara a la Mercedes de Biarritz, al objeto de ocultar el incidente lo máximo posible. A su mujer le diría que se le había averiado.

Aquella noche, sin poder conciliar el sueño, se preguntaba si no habría cometido un error ocultándole a su mujer, desde un principio, los problemas que tenía. Y a partir de ahora ¿qué voy a hacer? –se preguntaba-, pues el problema no se había resuelto, en absoluto. Había entregado cinco millones de pesetas a la E.T.A., que le hubieran venido muy bien para atender a los pagos de final de mes, y no había conseguido nada. Josetxo tenía razón –pensó. Infinidad de fórmulas le llegaban a la mente, que de inmediato desechaba por absurdas. Finalmente, ya contra la mañana, se dijo que iría de inmediato a hablar con su amigo el capitán de la guardia civil. Probablemente, él podría aconsejarle.

A la maña siguiente se pasó por el cuartel de la guardia civil de Irún. El teniente Balderrábano le dijo que el capitán se había ido unos días a León de permiso. El gesto de preocupación que el rostro de Ricardo, sin duda, reflejaba, hizo que el teniente le preguntara:

– ¿Le ocurre algo? ¿Puedo ayudarle? –El teniente conocía la relación de amistad que existía entre Ricardo y el capitán.

Ricardo le contó lo sucedido.

– Mala cosa –dijo el teniente-, sí –repitió en un susurro-, muy mala cosa.

– Yo –dijo Ricardo- había pensado hablar con Julen Elgorriaga, Gobernador civil de Guipúzcoa, al que conozco de su etapa en la Caja de Ahorros. Tal vez él pueda echarme una mano.

– No se lo aconsejo –dijo el teniente-, porque Elgorriaga no puede darle solución alguna; bastante tenemos con protegerse él. De recurrir a alguien, podría ser al gobernador militar. El problema es que al no estar el capitán, que es quien tiene buna relación con él, tendríamos que pedir audiencia por el conducto oficial y con todo lo que tiene, no sé cuándo podría darnos audiencia; además, ¿qué podría decirle? Nuestros guardias van preparados y nunca menos de cuatro juntos y, a pesar de ello, ya ve lo que pasa.

– Si, ya lo sé. El tiroteo en el que mataron a los dos guardias, hace poco, en la carretera que baja al puerto de Pasajes, por detrás de Bidebieta I, yo lo presencié desde la terraza de la cocina de mi casa. Estaba cenando con mi mujer, cuando oímos la explosión de la bomba que tiraron al coche patrulla. Luego, cuando los guardias, como pudieron, salieron del coche, que había volcado por el efecto de la bomba, los acribillaron a balazos.

El rostro del teniente se iba tensando a medida que Ricardo relataba los hechos. Ricardo comprendió que no había estado muy oportuno contando aquel suceso, pues casualmente los guardias muertos pertenecían al cuartel de Irún. Tras unos segundos, el teniente, volviendo al caso, dijo:

– Creo que lo más prudente sería que cogiera a su familia y se marchara de aquí. Su empresa tiene delegación en Madrid. Váyase allí; al menos, hasta ver si esto se normaliza.

Ricardo no respondió. Esa misma sugerencia ya se la había hecho su amigo Josetxo, pero se resistía a la idea de abandonar lo que tanto esfuerzo le había costado construir. Puede que hubiera una solución intermedia –pensó. Si él se marchaba, con su familia no iban a meterse. Podría ir unos días a la delegación de Madrid y luego a la de Barcelona; después volvería una semana a Irún, de incógnito, naturalmente, y, pasados unos días, volvería a marcharse. La idea le pareció bien.

Dos días después, un sábado por la mañana, Ricardo, alegando temas a resolver en Madrid, después de comentarlo la víspera con su esposa, salió para Madrid. Desde la delegación de Madrid –dijo a su mujer-, una vez haya resuelto allí los asuntos, iré unos días a la delegación de Barcelona, donde también hay cosas que poner en orden.

– En Madrid, por si tienes que localizarme hoy o mañana domingo, me hospedaré, como siempre que voy a Madrid, en el Hotel Aramo. El número de teléfono lo tienes en la agenda de hoteles. Durante la semana puedes llamarme a la oficina. Si te preguntan por mí, di que estoy de viaje, pero no digas a dónde, porque no quiero que me molesten los proveedores ni los bancos.

Cuando Ricardo llegó a la recepción del hotel, donde era sobradamente conocido, antes siquiera de registrase, le dijeron que había llamado su esposa. Había dejado recado de que le llamara en cuanto llegara. Al oírlo, a Ricardo le dio un vuelco el corazón. Algo grave ha sucedido -pensó. Sin subir a la habitación, desde una cabina de recepción, llamó a su mujer. Cuando ella descolgó el auricular, apenas si pudo articular una palabra: ¿diga? Al ver que quien llamaba era Ricardo, rompió a llorar.

– ¿Qué ha pasado? –preguntaba insistentemente Ricardo, ante la falta de respuesta de su mujer.

Finalmente, cuando se hubo tranquilizado un poco, le contó que cuando había ido a recoger a sus hijas, que volvían del colegio, un hombre la esperaba en el portal, y a punta de pistola, la obligaba a entrar en casa. Una vez dentro le había dicho que su marido, al que andaban buscando, se les había escapado por los pelos. Que no se le ocurriera volver por Euskadi, y que ella y sus hijas tenían ocho días de plazo para abandonar el país.

– Tranquilízate –dijo Ricardo, que apenas si podía contener las lágrimas-, prepara lo más imprescindible que necesites llevar contigo. Voy a llamar a Fermín, que recoja las niñas, mañan sin falta, y las lleve con tus padres a León. Tú coges tu coche y vienes de inmediato a Madrid. Del resto me encargo yo de organizarlo todo.

– Pero ¿Por qué esto? ¿Qué hemos hecho nosotros? –decía entre sollozos.

– Tranquilízate y haz lo que te digo. Cuando estés aquí, ya te lo contaré todo.

Desde entonces, la familia Ceol vive en Madrid. Durante algunos meses, Ricardo, una vez a la semana, se entrevistaba en Burgos con el que había dejado como sustituto suyo, pero las cosas iban de mal en peor. Al cabo de poco más de un año, sin mejor solución y con harto pesar, se vio obligado a malvender aquella empresa que, él, con la mayor ilusión del mundo, había fundado en 1970, y en la que había depositado todas sus esperanzas. Esperanzas que se habían visto truncadas por la sinrazón y el fanatismo.

Piorno

 

 

5 thoughts on “LA SINRAZÓN Y EL FANATISMO

  1. Tristes recuerdos nos traes esta vez. Hoy parece que tanta brutalidad se ha quedado atrás pero, con la situación política que nos presentan los independentistas, uno no las tiene todas consigo. De todas formas no perdamos la esperanza.

  2. Hola Pucelania,
    Es de desear que situaciones similares no vuelvan a repetirse, pero… como tú bien dices, viendo lo que se ve, yo no me atrevería a decir que sea imposible. Eso de que el Hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, como muchos de los viejos refranes, tiene su fundamento. Si algo parecido vuelve, sólo espero no estar aquí para verlo.

  3. Por fín…has logrado plasmar lo ocurrido. Ahora mucha más gente
    te entenderá. Besos amigo Piorno

  4. It’s always a relief when someone with obvious exiprtese answers. Thanks!

  5. Sometimes it is very difficult to try to talk about crazy situations and especially trying to explain why some things happen. Thanks for participating.
    Piorno

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