En este blog —de esto hace ya algunos años— al pairo de escribir sobre las batallas finales de los Tercios de Flandes, copié un relato que yo había escrito al final del periodo de mi vida militar. Recibí muchos elogios, pero lejos de alegrarme, los elogios —por motivos que más tarde explicaré—eran como cuchillos clavados en mi alma.
El relato trataba sobre actos que La BRIPAC (Brigada Paracaidista), para celebrar la festividad de La Patrona del ejército de tierra, La Inmaculada Concepción, celebraba por todo lo alto. En ella se programaban varios actos, entre otros, como figura principal, un concurso literario. Pensé —de forma egoísta—, que las 1000 pts. que se llevaría el ganador del primer premio literario, me vendrían que ni pintado. Pensando en las mil pesetas, me animé a participar.
Tenía que encontrar un tema que fuera atractivo —sobre todo— a ojos del Páter quien, precisamente, presidiría el jurado del que iba a depender el ganador; sin olvidarme del Coronel, cuyo peso decisivo en el jurado era de primer orden. Me pasé horas en la biblioteca hojeando libros sin saber muy bien qué era lo que buscaba.
Unos cuantos meses antes, el 29 de noviembre de 1957, la 7ª Compañía de la 1ª Brigada paracaidista, de la que yo formaba parte, habíamos saltado sobre el fuerte Tiliuin para intentar terminar con la masacre que el ejército moro del Rif —por otros nombrado ejército de liberación marroquí— estaba perpetrando sobre los 60 Tiradores de Ifni que, bajo el mando del teniente Pradillo, componían la guarnición del fuerte, y que, a pesar de luchar con extremada bravura, para cuando nosotros llegamos, ya habían sufrido 20 bajas.
Escribir sobre este tema —pensé—, de cara al coronel, tal vez fuera acertado, pero faltaba encontrar algo para el Páter…
De pronto, leyendo un relato sobre Flandes, creí encontrar lo que buscaba. Los 5000 infantes del Tercio de Flandes, que, bajo las órdenes del capitán Francisco de Bobadilla, defendían la plaza—tras meses de asedio— estaban siendo derrotados por los 12000 soldados comandados por el almirante holandés Holak. Éste, sabiéndose vencedor, conminó a la rendición al capitán Bobadilla. La respuesta del capitán español fue: “El ejército español prefiere la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de rendición después de muertos”.
Supuse que esa frase, cargada de heroísmo, de cara al coronel, tendría incluso más valor que rememorar la batalla librada en Tiliuin. Dudaba cuál de los temas causaría más impacto en el coronel. Después de muchas dudas y sin lograr decidirme, pensé que dos mejor que uno, y escribí los dos, pero seguía faltándome un argumento de peso para convencer al páter.
Lo que leí a continuación me abrió las puertas hacia la forma de ganar el voto del Páter: “Los hombres estaban dispuestos a morir, pero quiso el azar que uno de los soldados, mientras cavaba una trinchera, encontrase un retablo de la Inmaculada Concepción. Ante aquel hallazgo, la fe debilitada por la penosa situación de la tropa —varios días sin comer, además de mojados y llenos de barro— volvió al corazón de los hombres y lo que parecía una inminente derrota se convirtió en una gran victoria.
Concluí el relato ensalzando el valor y la fe del ejército español en la Inmaculada Concepción. Lo escribí tal cual y, para mi agradable e inesperada sorpresa, me dieron el primer premio, con mención especial por parte del Páter. El discurso del Coronel, hablando de mí como si yo fuera el mismísimo García Márquez, no significó nada especial para mi ego; lo que me alegró fue recibir las 1000 pesetas… ¿Pecado de juventud? ¿Escasez económica? No lo sé. Puede que ambas. Lo cierto es que, en aquel momento, el premio me causó tanta alegría como vergüenza sentí, años más tarde, cuando fui consciente de que no me había merecido el premio.
No lo merecía porque no había escrito algo que yo conociera, que lo sintiera y deseara plasmar ese sentimiento; no, era algo que había buscado para la ocasión; lo único que yo quería eran la 1000 pts., aunque para ello tuviera que ir contra mis más fundamentales principios.
Años más tarde, leyendo aquel relato me sentí avergonzado y despreciable. No había ensalzado el valor del capitán Bobadilla y sus heroicos soldados, por lo que aquella acción significaba, sino para llevar a mi terreno a los miembros del jurado; especialmente al Páter y al Coronel, quien, por cierto, se emocionó al leerlo ante toda la bandera paracaidista. Me sentí francamente mal. De haber podido, hubiera devuelto las 1000 pts. y hubiera pedido perdón, pero lamentablemente, era demasiado tarde para arrepentirme.
Hoy, quizá como única forma de expiar mi culpa, tomo la determinación de hacer pública mi reprochable conducta, aunque soy consciente que el arrepentimiento tardío no conduce a nada; es como llorar sobre la leche derramada. Por mucho que te arrepientas, la leche jamás volverá al cántaro.
Transcurren los años, nos hacemos viejos, físicamente perdemos muchas de nuestras facultades; en cambio, con los años, las cualidades humanas aumentan la clarividencia en nuestro espíritu; pero, para nuestro desconsuelo, no podemos desandar el camino andado.
Piorno Kirschenfeld