
Uzwil -Suiza-
Corría el año 1960. En la pequeña población suiza de Uzwil, al pie de las montañas que delimitan Suiza con Austria, las luces de colores y los villancicos que se escuchaban al pasar frente a algunos establecimientos públicos, unidos al medio metro de nieve que cubría calles y tejados, eran signos inequívocos de la proximidad de la Navidad.
A media tarde, cuando las dos fábricas existentes en el pueblo terminaban su horario de trabajo, el movimiento de gentes haciendo las compras para la cena de Noche Buena delataba lo que se avecinaba. Era una época en la que la mayoría de las personas, sin distinción de clases ni nacionalidades, experimentaban un aumento en su sentimiento de bondad; podría decirse que la Navidad influía positivamente en el comportamiento del ser humano. Sin embargo, para algunas personas, la Navidad era una fecha que producía nostalgia y tristeza.
En Uzwil, el 24 de diciembre de aquel año, a media tarde, un hombre de mediana edad, un emigrante español, caminaba con dificultad a causa de la gran cantidad de nieve acumulada en la calzada; no hacia su casa, porque él no tenía casa, sino hacia la pequeña habitación de la pensión donde vivía. Mientras sentía el crujir de la nieve bajo sus botas, recordaba otras Navidades, también con grandes nevadas, en su pueblo natal, una aldea enclavada en los montes de León.
Eran fechas, en cierto modo, bastante parecidas a las de Uzwil: celebraciones familiares, cenas más copiosas de lo habitual, mucha nieve, mucho frío y hermosos villancicos amenizando la celebración.
Él había emigrado a Suiza buscando labrarse un porvenir mejor que el que tendría, como un minero más, en su pueblo. Cuando un día, siendo aún muy joven, comunicó a su madre la idea de irse a Suiza, no pensaba que aquella despedida no iba a ser temporal, sino definitiva. Ahora, lamentablemente, era tarde para arrepentirse… el camino de la vida es sin retorno. Por mucho que te duela, por más que miremos hacia atrás, el camino andado no puede desandarse.
Sin embargo, para él, eran fechas muy diferentes. Su cena, lejos de ser especial, iba a ser peor que de ordinario, ya que esa noche, en el pueblo, los restaurantes habían cerrado temprano. Tendría que conformarse con un bocadillo para no ir a la cama con el estómago vacío.
Se acostó muy temprano, pero el sueño no parecía tener intención de aparecer. Su mente, a la que no podía controlar, le llevaba a tiempos de su infancia, cuando ese día, sentado a la mesa junto a sus padres y hermanos, disfrutaban de una noche familiar inolvidable. Recordaba cómo su madre le decía que no cenara tanto, que debía dejar sitio para los turrones y otros dulces, y, sobre todo, recordaba el beso de buenas noches de su madre, cuando, algo más tarde que de costumbre, le arropaba.
Nada de todo aquello tenía esta Noche Buena; ni siquiera el consuelo de la que había sido su familia que, lamentablemente, se había ido para siempre. Con esos pensamientos, aunque tarde, se durmió.
Querido Piorno, tu relato es, conmovedor como todos los que escribes.
Deseo que tengas una muy buena entrada al año nuevo.
Un fuerte abrazo